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Más de un analista y líder político ha observado que en las elecciones del domingo 2 de octubre se decide el rumbo que tomará el país durante años, quizá décadas. Con razón.
Podemos tomar la opción que se nos ofrece de salir de esta guerra maldita, como acertadamente la llamó el presidente Santos en la ceremonia de firma de los acuerdos en Cartagena. O podemos persistir por un camino que nos lleva de vuelta a esa misma guerra que repugna y fastidia, o humilla y destruye, a millones de colombianos, comenzando por la mayoría de quienes la han sufrido directamente. La primera ruta es la del Sí. La segunda es la del No.
Tengo seis razones para votar por el Sí, que corresponden a los “seis hombres serviciales y honestos” de Kipling: qué, quién, cuándo, cómo, dónde y por qué. Qué: vamos a decidir sobre unos acuerdos muy bien hechos, que no solamente constituyen un punto de convergencia para la paz, sino un programa para el fortalecimiento del estado y la sociedad. Quién: basta con observar a las fuerzas que compiten por el favor de la ciudadanía. No sería razonable decir que el No está poblado de indeseables, o el Sí de héroes. Cada quién ofrece razones, a veces bastante interesantes, a favor de la opción que piensa tomar. Sin embargo, si uno se concentra en los liderazgos, el contraste sí resulta bastante neto. ¿Queremos una sociedad cavernaria y teocrática, como la propuesta por Ordóñez? ¿Queremos que se imponga la liviandad homicida de la Cabal, que se atreve a tratar a los oficiales de la fuerza pública como domésticos que no han limpiado bien el polvo porque a su juicio no matan lo suficiente? A propósito: la imagen de no portarse como “damas” ante la subversión fue inventada por los narcoparamilitares, por allá en la década de los 80 (sólo que Lehder hablaba de damas grises, y Cabal de rosadas. ¿Será que se dejó contaminar por la “ideología de género”?). Durante toda la campaña el uribismo ha jugado sucio, difundiendo mentiras, algunas de ellas descabelladas, y tratando de crear las condiciones que le permitan no aceptar el resultado: es decir, mostrando qué clase de personas pululan en su cúpula.
Cuándo: este es el momento. La historia no es como un kínder, en el que si uno deja los lápices de colores en casa se los dejan llevar al día siguiente (sí: confieso que la combinación de infantilismo y crueldad que exhiben algunos dirigentes del Centro Democrático me perturba profundamente). Es ahora, o a esperar hasta que vuelvan a presentarse las condiciones. Pueden pasar años o lustros. Dónde: este es el modelo de paz que sirvió para este país. Aquí y ahora. Cómo: el diseño de este proceso de paz fue supremamente serio y cuidadoso, a despecho de críticas que le cayeron de todos lados. Al final, se demostró que ese rigor fue indispensable para sacar avante el proceso. Por qué, sobre todo por qué: después de generaciones de no tener otro horizonte de imaginación que el de una guerra pringosa, confusa, destructiva, se nos presenta la oportunidad de plantearnos problemas nuevos y mucho más interesantes que el de ver cómo nos matamos los unos a los otros. Y de poner las bases para la reconstrucción del país.
Cada una de esas seis razones me bastaría; juntas no me dejan lugar a duda razonable. Sólo que aquí hay una condición adicional. Después de abrirle la puerta a la paz, hay que construirla. Y para ello necesitaremos unas mayorías favorables al acuerdo. Aquí no sólo importan los puntos sino el gol-diferencia; es necesario ganar de lejos. Sólo ese resultado es suficiente. Si queremos de verdad conquistar el derecho a la paz, tenemos que salir en masa a votar por el Sí.
