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Reabriendo casos

Francisco Gutiérrez Sanín

27 de abril de 2023 - 09:05 p. m.

El martes por la mañana presentamos en la Feria del Libro de Bogotá, junto con coautores, colegas y amigos del Observatorio de Tierras, nuestra investigación sobre “Las reformas agrarias del Frente Nacional: reabriendo el caso”. Explicamos que nuestra intención de proponer una relectura de esa experiencia no correspondía al propósito de remplazar la leyenda negra del Frente por una rosa, que sería igual de inadecuada o peor. Sino más bien al de superar una narrativa tradicional que se ha convertido en una cátedra de impotencia y que nos ha invitado a echar en saco roto las pocas —y por eso extremadamente importantes— experiencias que tenemos de intentos de promover grandes inclusiones sociales en situaciones caracterizadas por pesos y contrapesos democráticos y complejas e inestables coaliciones parlamentarias.

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Al hacer el balance de lo bueno, lo malo y lo feo del reformismo frentenacionalista, resulta claro que, en la columna del haber, aparte de su capacidad de innovación institucional, hay que incluir la audacia y la capacidad de promover la movilización desde abajo como componentes indispensables de un proceso de cambio que merezca ese nombre. Nuestro libro, que repasaba el desarrollo de esos instrumentos, podría leerse, siguiendo una reflexión explícita de Hirschman, como una invitación a pensar cómo hacer las cosas, en lugar de seguir la ruta tradicional de explicar por qué es imposible que se hagan.

Colombia es país vertiginoso, y por estos pagos incluso a las ideas más generales y abstractas a veces les da por salir a caminar por las calles y veredas. Por la noche —y en medio del cansancio producido no sólo por las conversaciones alrededor de estos temas sino por la visita a una feria llena de tesoros— me enteré de que el presidente de la República había pedido la renuncia protocolaria a todos sus ministros y que había invitado, usando un lenguaje muy similar al que habíamos analizado en el libro, a que se impulsara con mucho más vigor y arrojo una agenda transformadora en el campo colombiano. Agregó que los protagonistas de ese empujón tendrían que ser los campesinos mismos.

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El país tiene una deuda enorme y terrible con el campesinado colombiano. El corazón de esa deuda es el acceso a la tierra. Por más que se intente escamotear el asunto, este sigue ahí y no se va a ir. ¿Han cambiado el país y el contexto? Sí, claro. Pero la cuestión de la tierra no se ha evaporado como por arte de magia. Ni lo va a hacer.

Con un aspecto adicional absolutamente clave. Todos los que se han acercado a estos temas entienden que la tierra para los campesinos también es un componente estructural, de largo plazo, de la proverbial paz estable y duradera. La paz total, si se habla en serio de ella, requiere entonces de un programa redistributivo serio y ambicioso. Eso lo entendieron en su momento varios contemporáneos, y si se hubieran escuchado sus voces, de pronto nos hubiéramos ahorrado ríos de sangre. Lo dijo Gonzalo Arango, en 1964, con su prosa rica pero no florida, al referirse a la muerte del bandolero Desquite: “¿Habrá manera de que Colombia en lugar de matar a sus hijos los haga dignos de vivir? Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una tragedia: Desquite resucitará y la tierra volverá a ser regada de sangre, dolor y lágrimas”.

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De hecho, esta misma casa periodística, en un editorial de 1971 (“Un avance en reforma agraria”), invocó el “deber elemental del sentimiento democrático” para defender la reforma, advirtiendo a renglón seguido: “La miopía de quienes se niegan a aceptar la urgencia de medidas como estas para ahorrarle al porvenir conmociones sin cuento es inverosímil”. Palabras premonitorias, que haríamos bien en tener presentes siempre. Mientras no pasemos la página de esta miopía triste, interesada, “inverosímil”, seguiremos cabalgando el potro de “las conmociones sin cuento”. La perspectiva de superarla debería ser bienvenida.

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