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Francisco Gutiérrez Sanín
24 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
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Las recientes elecciones para presidente del Congreso fueron escenario de una, en principio, sorprendente y victoriosa alianza entre el Pacto Histórico y el Centro Democrático para derrotar al candidato de De la Espriella. Algunos, entre los que se cuentan figuras para quienes la polarización es el peor de nuestros males, han calificado aquella alianza de deplorable y se muestran dispuestos a rasgarse las vestiduras y cubrirse la cara de ceniza por ella. Inconsistente o ingenuo. Estamos hablando de política, no de un concurso para ver quién resulta más modoso o bienpensante.

De hecho, la convergencia puntual de las dos principales bancadas del congreso es fácilmente comprensible. Ambas estaban defendiendo intereses vitales. El Pacto simplemente tenía que mandar una señal de “no destripabilidad”. El Centro Democrático, a su vez, debía demostrarle al gobierno que todavía cuenta, no por haberse ganado las mayorías electorales (esas, por el momento, están en las manos del presidente electo), sino por saber más de política, conocer mejor el Estado y tener, pese a todo, un personal más viable (sí, eso aún es importante). Se podrá contraargumentar que la nueva ministra de Cultura, fantásticamente inadecuada para el cargo que se le dará, está en el área de intersección entre ambos. Cierto. Pero eso, precisamente, es revelador de la escasez brutal de cuadros que sufre el proyecto político que ganó. Comparen al pobre Enrique Gómez con un tipo serio y competente como Andrés Forero.

El discurso de Forero, sin embargo, muestra a las claras que el Pacto y el CD siguen siendo dos fuerzas separadas por abismales diferencias (y duras experiencias históricas, no hay que olvidarlo). Fue un rollo muy articulado, pero cuyo fondo era no solamente la denuncia de la Paz total de Petro, sino de cualquier paz posible (a propósito: esto muestra de nuevo que los que querían armar un episodio de pánico moral basado en la primera posición estaban, independientemente de que se lo propusieran, llevando agua al molino de la segunda). Ahora bien, la pregunta es cuántos políticos están dispuestos a dar el paso de moverse de esa visión a la de promover activamente la guerra civil para arrasar y destripar, gobernando contra la mitad de los colombianos, que es la propuesta aún oficial del presidente electo. Incluso personas situadas muy a la derecha podrían preguntarse qué tan responsable es esa lógica y qué efectos desestabilizadores puede tener.

Hay, al respecto, dos posiciones: la optimista y la pesimista (estoy en desacuerdo con ambas, pero me referiré a eso después). La primera es que las instituciones podrán enjaular al tigre. Experiencias como la elección de dignatarios del Congreso muestran que los pesos y contrapesos funcionan y que, por lo tanto, programas cuya realización requiere saltar por encima de ellos son poco viables. La segunda (pesimista para mí, pero parecería ser la del presidente electo) es que el programa de gobierno podrá llevarse a cabo al margen de las instituciones. La gran carta ganadora aquí son los acuerdos con los gringos: operacionalizar actividades bélicas (guerra contra la subversión y contra las drogas) dirigidas por ellos y, de paso, atraer a buena parte del uribismo, porque eso implica volver a sus realizaciones de gobierno originales. Para eso el gobierno entrante no necesita permiso de nadie. Así, lo que pase en el parlamento o en las cortes no importa mucho: esos son los escenarios de “los de siempre”.

Pero estas podrían ser cuentas alegres. Porque, en realidad, dependen de la estabilidad de Trump en Estados Unidos. Si este sale de la ecuación, muchos de los supuestos sobre los que trabaja la opción felina se caen. Cierto: Trump ha mostrado una capacidad impresionante de sobrevivir a toda clase de episodios que hubieran destruido la carrera de figuras más convencionales; nunca hay que darlo por muerto. Pero las elecciones gringas de noviembre pueden significar un durísimo golpe para él (si es que las hay y las reconoce…).

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