Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
¿Hoy por hoy quién está jugando mejor, Falcao o Messi? Difícil pregunta, y el lector dirá con razón que todo depende del criterio que se use para evaluar la calidad de los futbolistas.
Algo similar se puede decir sobre la desigualdad. La medida estándar —el coeficiente Gini— es muy buena, de hecho un ejemplo canónico de indicador bien construido, pero tiene sus límites. En cierto sentido, es demasiado sofisticada. Como evalúa todas las diferencias —de ingreso o de patrimonio, por ejemplo— entre el valor mínimo y el máximo, se guía por un criterio agárralo-todo. Alguna medida más simple, que dispare, por decirlo así, al bulto, podría decir más sobre lo que ocurre en los extremos. Eso es precisamente lo que hacen cosas como el conteo del porcentaje del ingreso capturado por el 10% más rico de la población, o por el 10% (o 20%) más pobre.
Los otros días estuve revisando esas cifras —producidas por el Banco Mundial— y el resultado para nuestro país es desolador. Faltan muchos valores en la serie, pero como los registros de la desigualdad rara vez varían bruscamente, eso no es obstáculo para orientarse y hacer un par de comparaciones a mano alzada. Si escogemos el mejor valor —el de menor desigualdad— desde 2005 hasta hoy, resulta que Colombia es el segundo país en el mundo en el que el 10% más rico de la población se queda con mayor porción del ingreso (más del 45%). Créanme: sólo con eso, le pueden ir diciendo adiós al discurso que tanto gusta aquí de fortalecimiento de la clase media y de estabilidad. Sólo nos ganan las diminutas Islas Seychelles (60%), y creo que la razón es que deben ser un paraíso financiero o algo así. Respecto del ingreso que le llega al 20% más pobre, y siempre tomando la cifra menos desigual desde 2005, somos el peor país del mundo. A esa quinta parte que está en el fondo de la pirámide social le corresponde en Colombia un miserable 2,32%. De acuerdo con esta sencilla métrica diseñada para captar los contrastes sociales extremos, no hay sitio más brutal con sus gentes más vulnerables que éste.
Esta inequidad extraordinaria no sólo es un terrible mal social en sí misma, sino que además está asociada a otros. La estabilidad democrática no es posible sobre tales bases. Alrededor de este punto hay un referente histórico interesante. Varios de los fundadores del Frente Nacional —Alberto y Carlos Lleras entre ellos— afirmaron repetidas veces que semejante abismo entre los distintos sectores de la población hacían nugatoria la caracterización de nuestro país como democrático. Quien dijera eso hoy en día sería calificado como un terrible subversivo. Por otra parte, hay que destacar que el director del Departamento Nacional de Planeación señaló en meses pasados que uno de sus objetivos sería sacar al país del podio mundial de la desigualdad. Como acabo de mostrar, la única glosa que se puede hacer a ese importante propósito es que probablemente no seamos medalla de bronce sino de oro. Pero también se le puede interrogar: ¿si ya se identificó el problema, qué se está haciendo para solucionarlo? Por más que miro en la agenda legislativa del gobierno, no encuentro señales claras que apunten en la dirección anti-desigualdad, que han sugerido, pero con timidez y como sonrojándose por su audacia, varios altos funcionarios. Y por más que miro en la agenda de los partidos, no encuentro uno sólo que se esté proponiendo promover sistemáticamente el voto de los pobres. Cosa que sorprende y deprime, pues si el juego es el de la democracia y uno de los principales problemas es el de la desigualdad, entonces el abstencionismo de los pobres debería ser considerado un obstáculo clave.
¿No será bueno que desde distintas partes —sociedad, academia, DNP— nos empecemos a preguntar en serio qué toca hacer para salir del podio?
