Relaciones difíciles

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Francisco Gutiérrez Sanín
07 de abril de 2017 - 02:00 a. m.
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Incesante ha sido la presión de la extrema derecha colombiana para que nuestra diplomacia hacia Venezuela se reoriente. Tal presión incluye todos los recursos que conoce tan bien el Centro Democrático, desde el matoneo a los funcionarios involucrados hasta los llamados histéricos a salvar a los hermanos venezolanos.

La agit-prop uribista, al menos en este caso, tiene un buen uso para Colombia: nos obliga a plantearnos en serio la pregunta de qué hacer frente al gobierno venezolano. La pregunta es complicada, y tiene varios aspectos y niveles. El primero es cómo evaluarlo. Para mí, no hay sobre el particular mayor duda: el régimen del señor Maduro es una desgracia, y sus efectos negativos se sentirán durante décadas. A propósito: las izquierdas que no logren entender qué tan problemático es lo que sucede en el vecino país estarán reproduciendo el ciclo de los “partidos consulares”, como los llamara García Márquez, prosoviéticos o prochinos, de las décadas de 1960 y 1970. Sólo que ahora con respecto de un modelo marginal y marcado por la ineptitud, el humorismo inconsciente y el desorden. Ya lo dijo algún pensador, cuyo nombre justo ahora se me escapa: primero como tragedia, después como comedia...

Pero los gobiernos tienen que manejar con mucho más cuidado que los partidos tanto sus declaraciones como sus silencios. La razón es simple: su obligación primordial es identificar los intereses a largo plazo del país y mantener de manera férrea y estable el curso de acción que los defienda. En una situación que es muy delicada, no sólo para Venezuela sino para Colombia. La canciller ha dicho, con razón, que la relación con Venezuela es difícil, pues tal país no atraviesa tiempos normales. Cierto. Pero el problema es que Colombia está exactamente en las mismas. Desde hace mucho. Así que no solamente no somos un interlocutor fácil, sino que tenemos que pensar seriamente cuál es el rango real de opciones que tenemos.

Esto es, justamente, lo que los uribistas nunca hacen. Tampoco sugieren nunca qué se debería hacer. Más allá del señalamiento colérico de la maldad intrínseca de Maduro y los suyos, y del intento descabellado de identificar a Santos con aquel, ¿qué tienen? Nada. Entre otras cosas porque el peor curso de acción posible para Colombia se adoptó entre 2002 y 2010, cuando Uribe se trenzó en una serie de intercambios públicos de insultos que no respaldó, ni podía respaldar, con el uso de la fuerza. Esa lógica imbécil y carente de un mínimo de profesionalismo nos costó un brutal aislamiento en el continente, y puso en peligro nuestra integridad territorial. Y probablemente tuvo como efecto apuntalar y cohesionar al régimen venezolano ante la amenaza externa.

Colombia necesita paz, tiempo para su reconstrucción, compromisos estables y creíbles de no intervención mutua con todas las fuerzas políticas venezolanas. Esos son nuestro intereses, como nación, a largo plazo. Y no tenemos ni la autoridad moral ni la capacidad material para meternos a salvadores. El país no debe dejarse acorralar por la algarabía de una fuerza política que representa la experiencia más fracasada en términos de política exterior que hemos tenido en décadas (y sí: que también es el campeón de los pesos pesados en corrupción).

Cambio de tercio. Me enteré con gran tristeza de la muerte de la admirada colega Ana María Bejarano. Me dolió muchísimo la muerte temprana de esta mujer de extraordinaria buena vibra y equivalente talento, que cristalizó en una brillante trayectoria académica. Y cuya tesis doctoral, de manera muy previsiva y en un momento en el que hacer análisis comparados no era muy frecuente en nuestra academia (cierto: aún no lo es), coteja los regímenes políticos de Colombia y Venezuela. Publicaron en este diario una bella semblanza de Ana María. Cuánta falta hará a sus seres queridos, amigos, colegas estudiantes y lectores.

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