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Retóricas del cambio, retóricas de la reacción

Francisco Gutiérrez Sanín

24 de noviembre de 2011 - 06:00 p. m.

Uno de mis aforismos preferidos es aquel de Alfonso López Pumarejo, según el cual "gobernar es conversar".

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Si esto es así, es menester dar su debida importancia a las declaraciones del presidente de la República acerca de la necesidad de hacer algo con respecto de la absurda guerra contra las drogas. Por quien lo dijo (no es un “ex”, ni un académico), por cómo lo dijo.

Y por cuándo. Es el momento de plantear el tema. El ejemplo mexicano nos está mostrando a las claras que no hay Estado latinoamericano que resista la presión constante de un mercado ilegal de esa magnitud. Pero además la política prohibicionista revela las enormes asimetrías del mundo globalizado. Pues la prohibición real, la que cuesta en términos de sangre, violencia y derechos democráticos se hace aquí, en el llamado Sur global. Santos ha dado un paso adelante con respecto de la posición por defecto del Estado colombiano —basada en la idea de la co-responsabilidad—, y ahora manifiesta que si el mundo decide suspender la estúpida sangría él no se opondrá. Excelente. Pero a esta pieza de retórica de cambio le falta un eslabón: identificar el paso siguiente. ¿Qué hacer? Es evidente —como lo han señalado desde el ministro del Interior hasta varios especialistas— que el país no puede moverse hacia adelante solo. Signo de los tiempos: el problema constituye EL tema por excelencia de seguridad del país, pero sólo se puede solucionar en un marco global. El margen de maniobra no es grande. Y sin embargo, hay muchas cosas que se pueden adelantar mientras la puerta se desbloquea. La primera es pasar de la típica jeremiada latinoamericana a un conjunto de alternativas reales y susceptibles de ser discutidas. Mientras que en Estados Unidos y el mundo desarrollado proliferan los think tanks especializados en la materia, aquí, al sur del Río Grande, no hemos sido capaces de armar una red que nos permita pensar colectivamente y en nuestros términos este tema literalmente de vida o muerte para nosotros, y que soporte a los actores que tengan la voluntad política, para que puedan pasar de las declaraciones a las propuestas. Es decir, que les dé cartas para que jueguen duro en el tablero global. Pues no basta con saber que la prohibición está mal. Si queremos que se acabe, hay que pensar en serio qué la remplazará. ¿No se podrán utilizar nuestras posiciones en los organismos regionales para promocionar redes latinoamericanas que hablen de alternativas, de costos, de decisiones, y que nos permitan eventualmente pasar del malestar y la queja (plenamente justificados, pero todavía poco transformadores) a la proposición y la negociación?

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En paralelo a este avance estratégico, se estaba cocinando en el país una desangelada, ínfima, terriblemente vil, retórica de la reacción. Según la caracterizó Hirschman, una de sus modalidades consiste en identificar los efectos laterales indeseados que tiene toda política pública, para desacreditarla, o incluso para sugerir que la injusticia que ella buscaba corregir era inexistente. Ese es exactamente el sentido del griterío que se ha armado cuando se descubrió que algunos de los demandantes en el caso de Mapiripán eran falsas víctimas. Por supuesto, es necesario identificar y denunciar estos casos cuando tengan lugar. Pero la masacre existió. Fue una fiesta para los victimarios, que llevaron a una gran cantidad de gente, también literalmente, al matadero, en las narices del Estado colombiano, y con la complicidad del Estado colombiano. Y en medio de un silencio atronador, que parte el alma. Sólo ahora, cuando viene a saberse lo de las falsas víctimas, la cosa empieza a interesar. Lo cual no es casual. Al final de la década de 1980 ya habían tenido lugar en el país al menos 250 masacres grandes, pero nadie estaba diciendo ni mú. Y los pocos comentarios que se hacían —no por parte de la proverbial franja lunática, sino por voces autorizadas— tenían un brutal, un criminal elemento de ambigüedad. Poner una vez más en escena estos silencios, estas ambigüedades, aumenta la probabilidad de que los hechos se repitan. Nadie dotado de un sentido básico de decencia lo haría.

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