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En un artículo ya ampliamente citado, la revista The Economist se pregunta “qué ha salido mal con la democracia” liberal, y adecuadamente pregona “el retorno de la historia”.
Según The Economist, los dos grandes problemas que han afectado el modelo han sido por un lado China, con su inverosímil crecimiento económico que ofrece una alternativa creíble de desarrollo, y la crisis económica global, que genera cinismo e insatisfacción entre los ciudadanos.
Las explicaciones planteadas por la revista son altamente imperfectas y en algunos casos simplemente no casan con los hechos. Por ejemplo, la democracia liberal nunca fue LA opción para el crecimiento acelerado, y mucho antes de que ocurriera lo de China buena parte de los milagros económicos del siglo 20 se habían producido ya bajo otros regímenes. Los mejores estudios que conozco sobre el tema (acerca del que se ha derramado mucha tinta), concluyen que el efecto democrático sobre el crecimiento es de pequeño a neutro. A algunas democracias les va bien; a otras, mal. Lo mismo pasa con las dictaduras. Aquí, en lugar del régimen político, seguramente las variables claves sean la capacidad de dejar atrás estructuras de propiedad agraria caducas, de fortalecer el Estado y el cobro de impuestos, de producir una política industrial viable y de escalar radicalmente el sistema educativo. Sin embargo, al hacerse explícitamente la pregunta por el malestar con la democracia liberal, la revista ha puesto el dedo en la llaga.
¿Y América Latina? Muy etnocéntricamente, The Economist no nombra el subcontinente una sola vez. Sin embargo, en punto a democracia, algunos de los eventos más apasionantes, extraños y peligrosos están sucediendo aquí. Un largo período de dictaduras militares represivas creadas y/o sostenidas por los Estados Unidos, que generalmente apoyaron políticas que hoy llamaríamos neoliberales, consolidó la alianza entre la izquierda y aquellos que defendían, desde una perspectiva básicamente liberal, la sociedad de sus Estados. La Constitución colombiana de 1991 es un buen ejemplo de esa gran convergencia “liberal-progre”.
Fue el triunfo generalizado de las izquierdas en Latinoamérica —en buena parte como reacción indignada a políticas económicas desastrosas para amplios sectores de la población— lo que empezó a menoscabar dicha convergencia y a poner a ciudadanos, políticos y estudiosos frente a complejas encrucijadas. Todos nuestros países enfrentan tres grandes retos, en cualquier orden: disminuir significativamente la desigualdad (en condiciones globales no particularmente favorables), crear las condiciones adecuadas para ritmos altos de crecimiento y garantizar las libertades básicas para sus ciudadanos.
Identificar estos retos permite capturar bastante bien la diversidad de los modelos de izquierda que vemos desarrollarse ante nuestros ojos. Por ejemplo, en Bolivia encontramos crecimiento notable (para el desempeño histórico de ese país) e inclusión en gran escala, con algún resquebrajamiento, que no considero dramático, de los pesos y contrapesos institucionales. Venezuela ha producido inclusiones reales, pero a costos intolerables tanto en términos de crecimiento como de libertad. Algo similar se puede decir de Nicaragua. El modelo Bachelet en Chile ha podido combinar en diversas dosis los tres grandes desenlaces que uno desearía ver, pero obviamente será el segundo período de la destacada mandataria el que permitirá dar un veredicto en firme. El uruguayo Mojica también está dando muchos ejemplos positivos. El caso Correa es intermedio: bien en desarrollo (lo que en Ecuador es una verdadera hazaña) y en igualitarismo, pero con debilitamientos progresivos de los controles sobre el Estado y signos ominosos acumulándose.
Todo esto nos interroga. ¿Qué saldo deja toda esta experiencia de gobierno? ¿Cómo combinar reformas sociales en gran escala, instituciones liberales y crecimiento económico? Tendríamos que estar observando muy bien lo que sucede a nuestro alrededor y tratando de producir respuestas a estas preguntas y otras semejantes. Si no hay quien lo haga, nos vuelve a dejar el tren.
