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En una convención confusa y disputada, el Partido Conservador decidió irse a las elecciones presidenciales con candidato propio. Simultáneamente, un sector muy importante de la bancada parlamentaria de esa colectividad amenazó con hacer tolda aparte e impugnó la convención.
De todo el proceso salen varias lecciones e implicaciones. Pese al viejo y persistente intento de reducir toda nuestra política tradicional a la simple codicia, nos encontramos con que incluso hoy un sector importante del conservatismo decide renunciar a su cómodo nicho en la Unidad Nacional y lanzarse a la intemperie. Puede que no sea el partido de Caro y Ospina sino el de Ciro y Carlina (la frase acuñada por Carlos Holguín Sardi, si la memoria no me falla), pero aun así todavía representa algo más que una simple colección de apetitos. ¿O no? Pero, entonces, ¿cómo explicar el episodio? Los apetitos están, claro, muy bien representados en los dos bandos que se pelean ahora la bandera azul. Pero parecería haber algo más. Es claro que muchos electores y cuadros azules se sintieron mejor con Uribe, pues era más cercano a sus ideas y talante (esta vez cito a Álvaro Gómez), y porque les dio más que Santos. También está la mano de Pastrana, que basculó hacia el uribismo, debilitando así las pulsiones propaz que pudiera haber en la convención. Y es posible que los conservadores programáticamente centristas sean en los tiempos que corren una especie en extinción en Colombia, tal y como sucede en otras latitudes. Los congresistas conservadores, por su parte, tienden a ser más prudentes que su base electoral (algo que les pasa a muchos partidos en el mundo) y prefieren pájaro en mano que ciento volando.
¿Qué viene ahora? El desenlace le cae como pedrada en ojo tuerto al uribismo, una corriente con la que Ramírez simpatiza abiertamente. ¿Y qué pensará hacer el gran caudillo con Óscar Iván? ¿Óscar Iván qué, se preguntará el lector? Zuluaga, hombre: el señor que tienen para hablar con los periodistas a los que Uribe no les pasa al teléfono y de paso fungir de candidato presidencial. Algunos ya predicen que lo desechará, pues, como se predijo hace rato desde esta columna, su aspiración no arrancó. Y, claro, Uribe tiene los hígados para hacerlo. Pero no es tan claro que dé el paso. Pues Ramírez no puede garantizar, al menos no todavía, la sumisión fervorosa y pusilánime que le exige Uribe a su entorno inmediato. Si algo le enseñó el triunfo de Santos (Juan Manuel) es que es mejor perder con los acólitos que ganar con los impredecibles. Por otra parte, el fuerte de Marta Lucía —que durante su paso por el Congreso hizo cosas interesantes, por ejemplo en el campo de la ciencia y la tecnología— no es lo electoral. En un campo ya muy disputado, que se puebla cada vez más de pesos pesados, no le auguro un gran desempeño. No movilizará a toda la votación de su partido, mucha de la cual está amarrada a congresistas concretos, y lo que podrá conquistar lo tomará prestado sobre todo de conservadores antipaz y del Centro Democrático.
Éste, por su parte, sigue siendo una importante corriente de opinión, pero es a la vez un poblado expediente judicial que cada día se engorda más (ahora ya se viene lo de los 12 Apóstoles: préstenle atención). Lo cual da fuertes motivos a su ferocidad: pues, a todo nivel de desarrollo, hoy el arribo al poder implica la posibilidad de producir la ingeniería institucional necesaria para autoabsolverse (comiencen con Berlusconi, y de ahí para abajo). La pregunta es cómo reaccionará el presidente candidato. El episodio le resta votos de manera cierta, pero podría darle buenos márgenes de maniobra.
