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Santo alabado...

Francisco Gutiérrez Sanín

11 de agosto de 2011 - 06:00 p. m.

Hay un duro dicho colombiano—creo que de origen tolimense— que reza "Santo alabado, santo acabado".

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Pues bien: creo haber sido víctima reciente del implacable refrán. Con motivo del primer año de la presidencia de Santos, saqué una evaluación en la que, junto con críticas, destacaba varios elementos positivos de la gestión gubernamental. Ese mismo día, salieron los detalles de la iniciativa de reforma a la justicia. Y tengo que decir que la encuentro peligrosa e inoportuna. Y que no me gustan tampoco los argumentos que en su defensa ha propuesto el Santos alabado.

Algunos de los elementos de la reforma me atraen; por ejemplo, acabar con el Consejo Superior de la Judicatura. Pero eso no alcanza a compensar las cajas de Pandora que se abren. Tres me parecen particularmente amenazantes. Primero, el tema de las tutelas contra sentencias judiciales. La tutela ha sido una de las armas de democratización y acceso a la justicia por excelencia en las últimas dos décadas, y con las tradiciones de arbitrariedad, secretismo y discrecionalidad (a veces simplemente de violencia contra los ciudadanos) que rezuman nuestras entidades estatales, no es bueno cambiar la figura sin pensarlo mucho. Segundo, la nominación de funcionarios encargados de organismos de control (procurador y contralor). ¿Por qué darle nuevas atribuciones al Ejecutivo a costa de las cortes? Si la experiencia reciente ha de servir de ejemplo, habría que ir exactamente en la dirección contraria. Tercero, cambiar el método de juzgamiento de los congresistas. Desde hace ya lustros vengo, un poco en contravía, criticando la demagogia antiparlamentaria. Sí, hay en casi todos los partidos políticos valiosos, y el Congreso es la institución democrática por excelencia. Pero, por desgracia y por razones estructurales, desde hace lustros ha abrigado inevitablemente lo que podría llamarse una bancada criminal. La reivindicación por excelencia de los políticos sub iúdice ha sido neutralizar la acción de la justicia. He hecho un seguimiento cuidadoso de esto, y podría documentarlo en detalle; en todo caso, hay tres o cuatro episodios muy recientes. No casualmente, al tuntún del entusiasmo reformador la fatal Comisión de Acusaciones presentó su propio proyecto.

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Es en este contexto en el que la defensa de la reforma por parte del presidente de la República me resulta poco digerible. Sí, sí, en abstracto el Congreso es el nicho en el que deben darse estos debates. Pero estamos en Colombia. Tenemos narco y guerra. Decenas y decenas de congresistas vinculados con matones han ido a la cárcel, y para impedir que este acto de justicia elemental tuviese lugar han querido legislar a su favor. También ha habido intentonas de vendetta contra el poder judicial. Esto no quiere decir que todos, o la mayoría, de los miembros del Parlamento tengan que asumir esa mancha. Pero sí significa que un Gobierno con mayorías aplastantes, que ha hecho de la lucha contra la corrupción una de sus banderas claves, debería abstenerse de mandar una propuesta con todos los incentivos equivocados, y que amenaza con abrirle las puertas a una de las reivindicaciones históricas de las peores tendencias que anidan en la política colombiana. Para defender tal propuesta no basta con repetir amables generalidades sobre el papel del Congreso en la democracia.

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No. Esto no quiere decir que Santos sea igualitico a Uribe, como se empeñan en repetir, con el fervor de la inconsciencia, ciertas voces que han querido llevar a la izquierda colombiana (con algún éxito) de la franja crítica a la lunática. El sencillo y conmovedor evento en el que el Estado pidió excusas por la muerte de Manuel Cepeda, con excelentes discursos tanto de Vargas como de Iván, el hijo del asesinado, subraya la enorme distancia que hay entre ambos gobernantes. Una de las grandes tragedias de la izquierda en el siglo XX fue su incapacidad de distinguir entre las tendencias y matices en los campos del centro y la derecha. Y, como lo prescribiría un cierto pensador alemán muy del gusto de los involucrados, el libreto se repite ahora en nuestro contexto, pero un poco en forma de comedia.

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