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Estas semanas han estado cargadas de eventos.
Tenemos los dos relajos simultáneos, de Venezuela y Ucrania. Y presenciamos ese otro, muy menor pero mucho más cercano, de Transmilenio. Conocemos las decisiones judiciales que desfavorecen a Petro, con lo que su mandato parece acercarse ineluctablemente a su final. Ni hablar del llamado al mismo Petro, increíblemente cínico incluso para provenir de Uribe, según el cual “hay que cumplir” las decisiones judiciales (¿como en el caso de María del Pilar Hurtado y tantos otros?). Aunque claro, es verdad: hay que cumplirlas. Y mil cosas más.
Pero el tema dominante es que se acercan unas elecciones parlamentarias en las que está mucho en juego. Competirán cinco nubes de agrupaciones relevantes. Primero, la izquierda. Está débil y dividida, su experiencia de gobierno en Bogotá pesa una tonelada sobre ella y algunos de sus liderazgos se han alineado con el gobierno venezolano en los recientes episodios, en lo que constituye a mi juicio una terrible contabilidad por partida doble. Tiene algunos buenos candidatos y además se le han incorporado nuevas voces, pero en esencia estará luchando por mantener su relevancia política. Segundo, el Centro Democrático. El desempeño de esta fuerza extremista depende de su caudillo. Probablemente le irá bastante bien en el Senado. Pero no parece haber hecho apuestas grandes para la Cámara. Más aún, la aprobación y confianza en Uribe por fin se están desinflando en varios sondeos, y comienzan a rondar el 50%. Que este guarismo aún parezca milagroso después de años de intemperancia y escándalos no disminuye la significación del descenso. Tercero, la Unidad Nacional. De manera bastante ostensible, cada fuerza dentro de la Unidad ha desarrollado su propio libreto, pero siguiendo todas una orientación muy parecida: sálvese quien pueda. No se han coordinado ni siquiera para garantizar mayorías significativas en la cámara baja, lo que era una necesidad estratégica para la ulterior gobernabilidad de Santos, pues sabemos que el Senado con seguridad estará bastante dividido. Cuarto, el Partido Conservador, que quiere mantener sus puestos en el Gobierno bajo la ficción de que después de las elecciones volverá a la coalición, y a la vez tener candidatura propia de carácter uribista. Creo que no le irá tan bien, pues se quedó sin la mermelada y todo el mundo sabe que Marta Lucía no va a ganar. Por último está el partido Verde. La gran fuente de problemas para ese partido es su principal figura, Enrique Peñalosa. Es como si alguien tuviera una enfermedad gravísima, quizás curable, pero que a la vez su principal fuente de ingreso fuera exhibirla. No le veo solución al dilema.
Así que el panorama no es claro para nadie. Tal vez la corriente que enfrente peores dificultades sea la izquierda; pero los demás tampoco están tan bien. Hace años, cuando tenía la veleidad de ser un ajedrecista relativamente serio, oía en el café un chiste que, aunque repetido mil veces, no me dejaba de hacer reír. Cuando dos jugadores realmente malos se enfrentaban, no faltaba el ocurrente que concluyera que “los dos están perdidos”. Con esos contendientes, ambos podrían perder simultáneamente. Dan ganas de emitir un diagnóstico semejante sobre la vida partidista colombiana. Ojo: hay a la vez muchos candidatos magníficos. Por ejemplo: Claudia López, Antonio Navarro, Iván Cepeda, entre los que tienen etiquetas nuevas; David Barguil o Guillermo Rivera, entre los tradicionales. La lista, claro, es mucho más larga. Sin embargo, es precisamente esta buena noticia lo que revela hasta qué punto es grave la mala. Hay personas y figuras, también programas, pero junto con ellas la total carencia de un mínimo de estructura y capacidad de acción colectiva estable y continuada. El viejo bipartidismo colombiano caducó en 2002, pero el sistema político que lo reemplazó no termina de cuajar.
