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Se agotó el mantra

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Francisco Gutiérrez Sanín
31 de mayo de 2012 - 11:00 p. m.
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Los colombianos hemos reaccionado a los sucesivos episodios del reality Uribe-Santos con las más diversas actitudes: asombro, depresión, entusiasmo, toma de partido por uno y por otro, rechazo a ambos, apoyo a ambos, todas las anteriores.

Pero todos tenemos claro cuáles son los libretos que ha seguido cada uno de los protagonistas. Uribe adoptó desde el principio una posición agresiva, por varias razones. Ideológicas: su talante radical de derecha se siente, y se tenía que sentir, insultado con el corrimiento hacia el centro del espectro político por parte de Santos. Personales: Uribe no tolera más que a lacayos, y a aquellos que se atreven a ensayar la posición vertical, sobre todo cuando han salido de su círculo íntimo, les ha dedicado lo más selecto de sus odios. Jurídico-políticas: con el entorno que lo ha rodeado, el expresidente no tiene más remedio que luchar por volver al poder. Como comentó alguien, es mucho más fácil montarse a un tigre que bajarse de él. Si algo necesitan tanto los apoyos sociales como el personal que rodea a Uribe es un aparato judicial que NO sea independiente. Motivo y programa más que suficientes para intentar la reconquista, esta vez por propia mano.

Santos, por su parte, ha estado a la defensiva, también por varias razones. Primero, de estrategia: creía que al no responder dejaría a su interlocutor agitándose en el vacío. Segundo, por tradición y seguridad, quizás por simple elitismo: con todas las cartas en la mano, ¿a cuento de qué iba a preocuparse este experimentado apostador, que había paseado su desenvoltura por grandes casinos políticos, por los lances desabridos de un culebrero de provincia? ¿Con seguridad no se habían acabado en Colombia los ojos que podían distinguir entre un frac y otro, y los oídos que podían diferenciar entre una pronunciación en inglés y otra? Tercero, por estilo: salvo algunos derrapes, el actual gobierno ha ensayado de manera consistente, y tengo que decir laudable, la carta de la tolerancia con sus críticos. Cuarto, por necesidad: después de todo, sí es cierto que sus votos fueron puestos por la cantera uribista, y por lo tanto tiene que maniobrar con cuidado para no echarse encima a la enorme base social que comparte con el energúmeno caudillo antioqueño.

De ahí el mantra de “no pelear con Uribe”, y la posición oficial de hacerle toda clase de venias a su antecesor, en una nueva puesta en escena del añejo dicho de “se obedece pero no se cumple”. Pero esa orientación, y ese mantra, se agotaron. Creo que Santos y los suyos subestimaron a Uribe. Es verdad que éste, como personaje, público y privado, carece de la gravedad del estadista, y exhibe cada vez con mayor inconsciencia sus aspectos risibles. Y que desconoce el arte de los acomodamientos y las alianzas, salvo cuando está en posición de ventaja abrumadora. Pero precisamente esa su incapacidad para desempeñar un comportamiento convencional competente lo ha convertido en un líder incontrolable, dotado de una persistencia, una ferocidad, una resistencia a la adversidad y una capacidad de comunicación que muy pocas veces se han visto en este país. Y si ahora está cogiendo a hachazos a todas y cada una de las fórmulas democráticas convencionales —ya vemos el intento más o menos abierto de hacer agitación dentro de las Fuerza Pública para hostilizar a la actual administración— es porque está hecho de la madera de un formidable político autoritario. Así que al proceder como lo hace está simplemente cumpliendo con su tarea, con sinceridad y dureza. ¿Será que el presidente y su equipo se deciden a cumplir con la suya?

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