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Se creció el enano

Francisco Gutiérrez Sanín

01 de mayo de 2014 - 10:00 p. m.

Recientes encuestas confirman la impresión que genera ese “plebiscito diario” que es la vida de una nación, según Renán: Zuluaga, el muñeco ventrílocuo de Uribe, se le está acercando peligrosamente a Santos. El primero crece, el otro se estanca.

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Factores adicionales, como inestabilidades y problemas irresueltos, podrían llevarle aún más agua al molino del candidato de la derecha extremista.

Estos resultados generan dos preguntas. Primero: ¿por qué? Hay varias respuestas. Ante todo, una cosa es que Uribe no haya ganado hasta ahora elecciones por interpuesta persona, endosando votos —cosa totalmente cierta—, y otra es que no sea capaz de endosar ninguna parte de su disminuido, pero aún enorme, capital político —cosa completamente falsa: le pudo trasladar varias decenas de miles de sufragios a sus diferentes validos, que casi siempre perdieron por escaso margen—. Zuluaga tiene el respaldo de su patrón, de amplias bases sociales proclives a él y de élites asustadas y radicalizadas con influencia en diferentes círculos y regiones. Están también los problemas que tiene la campaña del presidente candidato. Cualquier evaluación seria de la gestión de Santos tendría que destacar algunos aspectos positivos (paz, empleo) y otros negativos, o donde el avance es muy insuficiente. Limitándome por ahora a las dimensiones más técnicas del asunto: Santos no ha sido capaz de generar un discurso a la vez claro y creíble, ni una coordinación mínima entre las fuerzas que supuestamente constituyen su base electoral. En lugar de atraer públicos minoritarios, pero potencialmente decisivos en una elección peleada, los ha hostilizado, enajenándose sus simpatías. Le coquetea a Ordóñez (cuyo principal y obsesivo objetivo es descarrilarle su proceso de paz), y se apoya en los Ñoños, con la ilusión de que eso será suficiente. No, no lo es: lo que permite pasar raspando en las parlamentarias puede ser la fórmula para el desastre en las presidenciales. El desenlace simple: un resultado que más o menos se daba por descontado —si no me equivoco, fue José Fernando Flórez quien me contó que ningún presidente latinoamericano ha perdido una reelección en las últimas décadas— empieza a volverse dudoso. Y contra el peor contendiente posible.

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La segunda pregunta es cómo reaccionará Uribe ante la noticia. Éste no da ninguna fidelidad por descontado. Y si Zuluaga llega a adquirir alguna clase de sustancia propia —hasta ahora ha demostrado con creces no tenerla— se volverá un peligro, incluso más para su jefe que para el común de los ciudadanos. Estamos, pues, en el momento en que hay que multiplicar los controles y las suspicacias. El problema de fondo, empero, es que dentro de la familia uribista no cabe sino un padre. En realidad, los uribistas tienen razón cuando dicen que su caudillo es indispensable: pues éste constituye la bisagra que articula y coordina distintos mundos, y que permite la agregación y el trámite de intereses con una amplia base regional que sin él carecerían de voz y de expresión pública. No hay otra figura, dentro o fuera del uribismo, que pueda cumplir esta función. La única solución aceptable para su movimiento es, pues, provocar una crisis constitucional, que conduzca a la aprobación de la reelección indefinida, o quizás de un borrón y cuenta nueva, con lo que podría garantizarse el regreso del caudillo. Ese es el tamaño de la apuesta.

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Y en esa dirección podríamos estarnos moviendo. Llevo ya años literalmente rogando que se tome al uribismo en serio, entre otras cosas porque muchas de las que parecen extravagancias a desdeñosos comentaristas letrados, constituyen una efectiva forma de comunicación. Ojalá estas encuestas finalmente saquen a muchos actores y analistas de su ensueño.

Nota bene: total solidaridad con Claudia López por las brutales amenazas que ha recibido de nuestro poderoso submundo político.

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