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¿Seguros?

Francisco Gutiérrez Sanín

04 de junio de 2009 - 10:03 p. m.

LA DOLOROSA MUERTE A BALA DE una estupenda estudiante al frente de un colegio distrital ilustra por qué la seguridad es una preocupación de todos. Creo que esto, a su vez, tiene el potencial de explicar buena parte de la popularidad del Presidente.

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Uribe cogió al vuelo esta fórmula: escalamiento tecnológico, eficiencia y más plata. En contravía de un discurso gastado, que además no corresponde a los hechos, en Colombia el gasto en estos rubros fue históricamente modesto. Si no me equivoco, en la década de los 80 Colombia, pese a estar en llamas, invertía menos en seguridad y defensa que el promedio de América Latina.  Esto, por supuesto, era insostenible.

Por tanto, si en algo se debe conceder razón a los uribistas es que una parte importante de la evaluación del desempeño del Gobierno pasa por la calificación de su política de seguridad. Pues yo le pondría un 2, en el mejor de los casos. Le hago al menos tres reparos. En primer lugar, tiene en la práctica un brutal componente de desinstitucionalización. El hecho de que el departamento administrativo de seguridad dependiente del Presidente haya sido entregado a un círculo extremadamente corrupto, con vínculos directos con el paramilitarismo y el narcotráfico, no es un pequeño detalle: es un dato que muestra la tolerancia, en el mejor de los casos, a la penetración de la criminalidad organizada en el Estado. Otros elementos alarmantes se notan en las relaciones entre diversas agencias armadas. Además, en varias regiones se mantienen las densas redes entre ese paramilitarismo que ya no existe y miembros de aparatos armados estatales. La irresponsable reacción presidencial frente a los falsos positivos introduce un elemento más de descomposición. La agresiva defensa de los encartados —contrariamente a lo que afirmó el jefe de Estado— tiende a deteriorar la moral de combate y el sentido de honor militar que tienen miles y miles de miembros de las fuerzas armadas (y ciertamente le quita espacio a aquellos que quieren persistir en la tarea de mejorar nuestras instituciones).

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En segundo lugar, me parece fatal el desconocimiento del componente político que existe en la resolución de todo conflicto interno. Para aquellos que persisten en hablar del “fin del fin”, quiero recordar un episodio que sugiere que podríamos estar en “la mitad de la mitad”. En 1973, el Eln fue apabullado en Anorí. Fue una derrota aplastante, sin contemplaciones. De la vieja organización no quedó prácticamente nada. Sin embargo, la sigla siguió inspirando a cientos de personas, lo que permitió a este lúgubre fénix renacer de sus cenizas unos años después. El Estado no supo reforzar su victoria armada con reformas, con política.

 En tercer lugar, el mote de democrática no cuadra muy bien a la actual política. Pues, como demuestran múltiples episodios, hay una alarmante, y persistente, tendencia a tratar como enemigo interno a los opositores, a los pesos y contrapesos institucionales, o incluso simplemente a los transgresores. Esto se suma a una desconfianza cerval frente a las víctimas. ¿Quién sabe que deberán? Necesitamos seguridad, sí: pero mejor pensada y distribuida, y genuinamente democrática.

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