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Silencios

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Francisco Gutiérrez Sanín
22 de marzo de 2012 - 11:00 p. m.
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Sé que la ciudadanía, los analistas, la proverbial sociedad civil, estamos sobrecargados.

La gente se queja de la falta de memoria del país, pero la verdad es que muchas veces es difícil procesar simplemente lo que pasó ayer o la semana pasada, no hablemos ya de lo de hace un año. Llueven sin parar sobre nuestras cabezas hechos reales o aparentemente trascendentales, como si fueran granizo. Esto ha de ser pésimo signo: otro derecho humano que no se respeta en nuestro país (el sagradísimo del aburrimiento).

En fin. Aun así, creo que nuestra opinión pública se da el lujo de mantener ciertos silencios que parecen inadmisibles. Claro: cada quien tiene su jerarquía, sus prioridades. Pero hay temas en los que el país se juega el pellejo, pero que parecen no llamar la atención. Pongo dos ejemplos recientes. Primero, el presidente Santos se refirió a nuestro sistema impositivo. Lo calificó de injusto, por inequitativo e ineficiente. Bueno, esto es un hecho político. Y el oficialismo, la oposición y los académicos deberían tener algo que decir sobre el tema: es que sin un rediseño a profundidad en este terreno no salimos adelante. Como lo ha sostenido en varios trabajos fantásticos la llamada sociología fiscal (desde Schumpeter hasta Margaret Levi), el sistema tributario es la columna vertebral del Estado, pero también el mejor mapa tanto del poder como de las capacidades de la sociedad en la que funciona. El nuestro es calamitoso. La primera década del siglo fue en este terreno particularmente mala: un verdadero muestrario de “capitalismo político”, con generosas exenciones para los amigos de los amigos de los amigos, lo que terminó por instaurar el desorden total (pero un desorden que deja pingües dividendos a ciertos actores). Según oí en la televisión, parece que ahora se cocina una reforma tributaria. La noticia puede ser muy buena, o más bien mala: pues si la proyectada propuesta está pensada como un reacomodo cosmético es mayor el costo de cambiar las reglas de juego que lo que se pueda ganar. Sea como fuere, aquí hay una apuesta muy grande. Máxime cuando nuestro problema agrario está vinculado, y de qué manera, con el tributario: estoy convencido de que, parafraseando la manidísima frase de las tetas y el paraíso, sin impuestos no hay restitución (a la larga, pero eso también se aplica a la versión original). Pero muy pocos, a pesar de que el tema está ya en la agenda, se han animado a decir nada. Tal vez porque nos entusiasma mucho más la poesía que la prosa de la vida pública; o porque el actual desorden es rentable; o porque los impuestos son tema árido y gris. Pero la omisión, de persistir, nos saldrá costosa. Pues a los sistemas tributarios viables, equitativos, prodesarrollo, no se llega de manera “natural” y “vegetativa”; son producto de ideas, de demandas, y de acciones del sistema político.

El segundo silencio no tiene nada de técnico o difícil de entender. El alcalde de Puerto Boyacá ha presentado, y apoyado, la idea de bautizar a una calle de su municipio con el nombre de un aterrador genocida (de hecho también ‘narco’, para aquellos a quienes sólo esa transgresión escandaliza). El peregrino argumento que ofrece es que no se puede negar la historia. Entonces Berlín tendría que estar llena de plazas Adolfo Hitler, y Roma de paseos Mussolini; y nuestras ciudades de glorietas Gilberto Rodríguez y parques Pablo Escobar. Este crudo e insultante desafío a las víctimas —en realidad, a todos los ciudadanos de la República: porque al permitir que esto suceda, todos nos degradamos y nos rebajamos— se lanzó a la luz del día, y sin que nadie, altos funcionarios, ciudadanos o comentaristas, chistara.

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