QUÉ PESAR EL DESPERDICIO DE FEchas claves del año pasado. Doscientos años de vida republicana, cien de la trascendental reforma constitucional de 1910, ochenta de la república liberal, se nos fueron en blanco.
Cierto: todos los días hay algún aniversario importante. Pero dentro de la masa de hechos y conmemoraciones posibles se pueden escoger “ventanas de sentido” que permitan pensar en un formato más grande problemas actuales.
El 2011, claro, también tendrá su cuota de fechas cargadas de significado. Para los colombianos, será extremadamente importante, un pretexto ideal de hecho, celebrar las dos décadas de la Constitución de 1991. Ojalá no perdamos también esta otra ocasión. Y recién se cumplió el primer siglo de la instauración del Día Internacional de la Mujer, una idea que debemos, si no me equivoco, a la dirigente comunista Clara Zetkin.
Otro centenario, definitivamente no edificante, es el de la muerte de Francis Galton. Galton fue un tipo raro, rarísimo, como sólo pueden serlo algunos ingleses. Aunque niño prodigio, nunca llegó a ser un matemático creativo, ni siquiera uno destacado (esa era su principal, aunque de lejos no su única, área de interés). Pero se ganó su lugar en la historia del pensamiento por dos razones, una básicamente positiva y otra catastrófica. La primera: se inventó el enfoque, la terminología y las categorías que permitieron el desarrollo de la estadística aplicada a las ciencias sociales. El término regresión a la media se lo debemos a él. También produjo la intuición básica detrás del concepto de correlación. Sin temor a exagerar, puede decirse que todas las políticas públicas de los Estados modernos —al menos de los países desarrollados— acuden a estas dos herramientas en algún momento. Por supuesto, la ciencia social contemporánea está empapada de ellas hasta los tuétanos.
La segunda: fue el padre de la eugenesia. La idea básica de la eugenesia es (¡ojalá pudiera hablar en pretérito!) el mejoramiento racial del hombre a través de políticas públicas. Se empezó a implementar desde principios del siglo XX, y llevó a prácticas como la esterilización, el ostracismo e incluso el asesinato de las categorías de personas consideradas inferiores. Esto no sólo lo practicaron las dictaduras; los Estados Unidos fueron un laboratorio eugenésico extremadamente dinámico. La eugenesia tuvo un papel clave en la pesadilla del holocausto. Galton mismo no preconizó, que yo sepa, medidas genocidas. Pero echó a rodar una bola explosiva…
Como el empeño de Galton era facilitar la reproducción de las inteligencias superiores, la inteligencia fue el punto en el que convergieron el programa de construir una medición científica de lo social y las pasiones de la eugenesia. Eso lo llevó —era persona acostumbrada a luchar en múltiples frente a la vez— a pensar en operacionalizar el concepto de inteligencia para poder medirlo. Sus sucesores —entre los que encontramos a muchas de las grandes figuras de la estadística aplicada, como Karl Pearson y Charles Spearman, la mayoría de las cuales militaron también en la eugenesia— bautizaron a esa inteligencia medible como G. La variable G se evaluaría con las pruebas de inteligencia que muchos conocen hoy en día por el nombre de IQ, un terreno pantanoso si los hay pero precisamente por eso fuente potencial de una abrasiva obsesión. El primer punto G que alcanzó la fama fue este; como los que le siguieron, ha llenado bibliotecas enteras.
Producción de herramientas intelectuales, construcción del Estado moderno, brutales historias de horror… La historia de Galton me interesa por lo ambivalente, por su obstinada negativa a caber tanto en el formato de la moraleja como en el de la simple evaluación de costos y beneficios. No quisiera dejarla pasar desapercibida.