Sobre los muros

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Francisco Gutiérrez Sanín
27 de enero de 2017 - 03:53 a. m.
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“A la gente hay que creerle”, solía decir Alfonso López Pumarejo. Incluso, o sobre todo, cuando esa gente es terrible, agregaría yo.

Después de que Trump ganara, muchas voces se tranquilizaron con la idea de que habría una distancia, quizás grande, entre el candidato pendenciero y el estadista que enfrenta problemas reales. Unos pocos meses antes, la ilusión había sido que el precandidato colorido que aún quedaba cubierto por el margen de error en las encuestas se transformaría en personaje público responsable, una vez resultara ungido como el vocero oficial del Partido Republicano.

Ni entonces ni ahora esas esperanzas de transformación civilizadora se materializaron. En sus pocos días de gobierno, Trump ha venido poniendo en práctica todas y cada una de las medidas que prometió. Tales medidas dimanan de manera natural de su narrativa xenófoba, racista y misógina; más vendrán. Frente a esta ofensiva, hay aún tres posibles líneas de defensa “naturales” (es decir, ya establecidas); o para ponerlo en el lenguaje adecuado para el momento, tres muros de contención. Es posible que funcionen; pero no creo que sean muy sólidos. El primero es la resistencia del establecimiento del Partido Republicano. Esa resistencia ha sido muy tangible y real. Pero no es terriblemente efectiva. Entre otras cosas, por la enorme complicidad de aquel con las fuerzas extremistas (recuérdese el Tea Party), a las que auparon para potenciar su propia capacidad electoral y bloquear a los demócratas. El segundo son los pesos y contrapesos que hacen parte fundamental de la institucionalidad estadounidense. El poder de contención de este otro muro es potencialmente grande, pero está parcialmente neutralizado por el hecho de que en este momento Trump tiene la Presidencia y mayorías en las dos cámaras del Congreso, así como en la Corte Suprema de Justicia. No es tan claro cómo limitar su margen de maniobra desde ahí.

El tercero son las fuerzas centrífugas dentro del propio movimiento de Trump. Si le va terriblemente mal, ¿no quedará fatalmente desestabilizado? No estoy muy seguro de la validez ni de la premisa ni de la conclusión. Lo de Trump es un horror; pero no necesariamente se expresará en una catástrofe inmediata. El problema básico es que parte de los arreglos que él quiere enterrar se basan en la consciencia de que todos los sectores sociales han de hacer algunos sacrificios hoy para que haya vida viable mañana. Piénsese en los acuerdos alrededor de la protección del medio ambiente. Trump está proponiendo dar al traste con estos sacrificios inter-temporales a cambio de ofrecer mejoras aquí y ahora, y lo puede hacer con réditos económicos o políticos. Fíjense: al permitir la construcción de oleoductos en regiones hasta ayer vedadas, se presenta como un gran generador de empleo. Lo mismo sucede con la exclusión social, y con la orientación pro-rico, que producirán enormes conflictos sociales: pero quizás mañana, o pasado mañana. Otro buen ejemplo es la infraestructura. Si el lector ha pasado por algún aeropuerto estadounidense se dará cuenta de su deplorable estado de suciedad y desgreño. La infraestructura gringa requiere de un gran relanzamiento (cito a Bernie Sanders). ¿Pero cómo hacer esto junto con el recorte de impuestos a los más ricos que está en el corazón del programa de Trump? No está claro. ¿De pronto podría ganar tiempo a través de lo que Krugman llama “keynesianismo militarizado”, compensando el debilitamiento de las agencias civiles con el fortalecimiento del complejo industrial-militar? Como fuere, entre el planteamiento de una mala política y el surgimiento de sus efectos nocivos puede pasar mucho tiempo. Mientras, Trump puede salirse con la suya. E incluso en caso de desestabilización significativa su base social puede persistir en apoyarlo. La historia está llena de ejemplos al respecto.

Como se están dando cuenta ya los mexicanos, Trump hará todo lo que el mundo le permita que haga.

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