Tenía mil temas no coyunturales engavetados —entre otros, sobre debates agrarios—, pero por una sucesión de pequeños e irritantes cataclismos quedé supeditado a hablar de un asunto de moda: la victoria del partido de izquierda Syriza en las elecciones griegas.
Ante ella, y de manera muy predecible, la militancia neoliberal declaró que se acercaba la catástrofe, y la milenarista anunció a su vez el fin del neoliberalismo. Así que por una vez las dos religiones laicas se pusieron de acuerdo. Sin embargo, el triunfo de Syriza es mucho más complicado, y tiene implicaciones harto menos obvias, que lo que ellas predican. Primero, hay que precisar quién ganó. Syriza es una coalición heterogénea, muy a la manera del Polo colombiano o del Frente uruguayo. Más aún, hizo alianza con una pequeña fuerza de derecha nacionalista, que también se oponía a las políticas de austeridad. A propósito, se trata de un grupo que parece bastante desagradable, vagamente racista, antisemita y homofóbico. Por su parte, las fuerzas de centro que estuvieron en el Gobierno durante estos años durísimos mantuvieron el grueso de su voto. De hecho, si uno suma sus resultados capturan todavía la mayoría del electorado. Syriza quedó cerca de la mayoría absoluta en parte por las especificidades del sistema electoral griego (que da un premio de 50 escaños al ganador).
Un analista que no simpatiza con los ganadores, pero que es bastante cuidadoso (http://theconversation.com/with-greece-backing-euro-but-syriza-in-government-another-election-may-beckon-36718), llega a la conclusión de que hubo tres grandes ejes alrededor de los cuales tomaron sus decisiones los votantes griegos. Primero, izquierda-derecha (la venerable fractura que tantas veces ha recibido su certificado de caducidad sin darse por enterada). Una clara mayoría de los griegos se ubicó en la izquierda. Segundo, la posición hacia la eurozona. Una mayoría —esta vez abrumadora— de griegos se alineó a favor de su permanencia en ella. Esto le envió un mensaje nítido a Syriza, que ha ido adaptando su discurso de manera correlativa. Tercero, el tema de la austeridad. Aquí el país se dividió en dos mitades casi equivalentes. Estos tres enunciados no son contradictorios, porque el partido socialista, de centro-izquierda, ha apoyado durante este período los recortes y la política económica dictada desde Alemania.
Claro: los griegos tienen una historia de tensiones con ese país —que el nuevo primer ministro se ha encargado de destacar simbólicamente—, pero eso no quiere decir que no haya un amplio espacio de negociación para las partes involucradas. Como destaca la revista New Yorker, las penurias prolongadas han estado asociadas en Europa a violentas reacciones nacionalistas. Los horrores que contempló el siglo 20 tienen íntima relación con esto, y muchos tomadores de decisiones están agudamente conscientes de lo que podría pasar si se empuja a una población de ese continente por encima de su umbral de dolor. Ya se habla de condonaciones parciales, y Tsipras se concentra en la renegociación de la deuda. Algunos economistas comienzan tímidamente a hablar a favor de ella... Todo muy razonable. ¿Dónde está el temible espectro de la “izquierda radical” de la que nos hablaban apenas hace unos días tantos ceñudos comentaristas?
Los electores griegos optaron por un cambio. Esto no debería producir ni susto ni asombro. La alternación en el poder es un diseño institucional básico para las democracias contemporáneas, y el hecho de que se produzca simplemente nos recuerda el amplio margen con el que cuentan las instituciones en momentos de crisis. Tanto deudores como acreedores tendrán que reconocer los hechos cumplidos, y actuar en consonancia. Que se produzca la alternación no significa que se vaya a acabar el mundo. Pero tampoco que vaya a nacer uno nuevo. O que el que de pronto se esté incubando sea particularmente agradable. Toca afrontar los hechos y mantener los ojos abiertos. Como siempre.