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Tema impuesto

Francisco Gutiérrez Sanín

18 de diciembre de 2008 - 08:42 p. m.

HUBIERA QUERIDO TERMINAR EL año hablando de un tema diferente. Había varios, que invitaban al optimismo o al malestar, sobre los que se podrían hacer múltiples reflexiones. La aprobación de la ley de ciencia y tecnología es, dentro de sus límites, una importante apuesta por el futuro del país. El debate alrededor del salario mínimo es clave y aún está abierto.

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¿Qué tal el video de la reelección? El taimado método de sacristán escogido por Uribe —utilizar todas las marrullas posibles para que la cosa aparezca como el resultado de las ansias desesperadas de un país que no concibe el futuro sin su caudillo— tiene para nuestras instituciones consecuencias de largo plazo. No hablemos ya de la evaluación de este año y de los propósitos para el que viene, de la elección de un inquisidor-procurador con el extravagante apoyo de la oposición, de lo que ha significado para nosotros David Murcia, de la crisis económica, de los nuevos novelistas colombianos, del libro de Alberto Fuguet sobre el extraordinario escritor caleño Andrés Caicedo, del gabinete de Obama, de la última película de los hermanos Cohen, de aniversarios políticos de trascendencia (Carlos Lleras Restrepo, Jorge Eliécer Gaitán, los 60 años del inicio del Frente Nacional), de las nuevas tendencias del terrorismo internacional, del triunfo del gran Anand sobre el al menos igualmente grande Kramnik en el campeonato mundial de ajedrez, entre otras muchas opciones.

Tenía ganas, digo, de escoger pausada, morosamente el mejor motivo para cerrar el año con una reflexión que me alegrara el alma. Pero no pude, porque me impusieron el tema. Es que el aleve asesinato de un dirigente indígena en un retén —justo cuando el Gobierno estaba presentando frente a auditorios internacionales un acto de contrición cuya sinceridad queda en duda— no permite hablar de mucho más. El evento no hace sino recordar que en Colombia, promover la acción colectiva es una profesión de alto riesgo. En ese contexto, las protestas sobre nuestra anomia y nuestra cultura individualista suenan terriblemente vacuas. Obviamente mucha gente bota al carajo los valores cívicos y la preocupación por lo público, porque sabe que unos y otra se pueden pagar con la vida.

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No quiero ser suspicaz, pero es posible que haya quienes tengan la esperanza de pasar de agache, una vez más, frente a este enésimo “acto aislado”. La mayoría de los medios de comunicación ya lo han puesto en sordina, sea por decisión editorial consciente o porque la corriente continua de escándalos y sobresaltos de la que disfruta el segundo país más feliz del mundo tapan el exabrupto de ayer con el de hoy: amnesia por saturación. Pues creo que nos deberíamos proponer no dejar que caiga sobre este hecho un manto de silencio. Colombia no puede considerarse a sí misma una democracia plena mientras la Fuerza Pública pueda disparar sobre sus ciudadanos con tanta facilidad y aparentemente sin consecuencias (¿me pueden recordar qué ha pasado con los anteriores actos aislados?). El problema concierne sobre todo a los miles de miembros de la Fuerza Pública que aman su uniforme y viven de acuerdo con los rigores y estándares del honor militar.

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