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Danni Rodrik hace uno de sus libros (The globalization paradox, W.W. Norton & Company, 2011) el siguiente comentario: contrariamente al lugar común de cierta literatura académica, la identidad nacional ocupa un lugar primordial para la identidad de la gente en todo el mundo.
Tomando como fuente la Encuesta Mundial de Valores, Rodrik encuentra apenas dos sitios en donde eso no ocurre. Uno es “la diminuta Malta”, el otro “la conflictiva Colombia”.
La observación de Rodrik casa bien con análisis que se han hecho en el país. Cabe solamente especular por qué compartimos el último puesto con Malta en este otro escalafón, si seguimos ahí, y qué implicaciones tiene todo esto. El narcotráfico ha de haber jugado un papel prominente en el desenlace. Esta violencia confusa y laberíntica de los últimos lustros, sin claras líneas divisorias, pudo haber generado una sensación de “comunidad en la culpa” —según la extraordinaria expresión de Fernando Cubides—, que puede llegar a ser muy estable, entre otras cosas porque genera profecías autocumplidas. Piénsese por ejemplo en la expresión “colombianada”. ¿Habrá algún análogo en otro país? ¿Habrá peruanadas, brasileñadas?
No sería casual, entonces, que la discusión sobre la atribución de la culpa juegue un papel prominente tanto en el debate público colombiano como en la construcción de alternativas políticas para un país que está en busca de muchas cosas, entre otras probablemente de una identidad más positiva sobre la cual apoyarse. El pacto de paz del Frente Nacional se fundó en parte sobre la exclamación, terriblemente autojustificatoria, de Laureano Gómez: “todos somos culpables”. Ese fue uno de sus “pecados originales”. No: no todos. Pero tampoco unos pocos hampones aislados, que es la versión oficial uribista que sustenta su lógica de guerra y su propia modalidad de nacionalismo colombiano. En efecto, parte del extraordinario éxito de Uribe consistió en haber trazado unas claras líneas divisorias ahí donde no parecía haberlas (a propósito: esto requería del odio a la guerrilla, pero iba mucho más allá que eso), y en construir para la mayoría de la gente una identidad positiva. La Colombia sana se enfrentaba al desafío terrorista, que se había salido de madre por culpa de políticos blandos y apaciguadores. Al terminar la pesadilla, arribaríamos a la segunda independencia. Esto dio origen a toda una serie de productos culturales de optimismo nacionalista, que incluyeron por ejemplo la campaña empresarial que todas las mañanas nos recordaba de diversas formas que “los buenos somos más”. ¿Cuántos restaurantes se crearon en los ochos años con el nombre de Colombia?
El lado oscuro de este emprendimiento se veía a simple vista ya en su momento. Doy aquí sólo el ejemplo más obvio. No sólo los restaurantes se ponían el apellido amado de Colombia: también los partidos de la parapolítica, todos los cuales habitaron cómodamente la coalición de gobierno (Colombia Primero, Colombia Democrática, Alas-Equipo Colombia). El discurso, además, contenía toda una serie de elementos antidemocráticos y se apoyaba en aserciones escandalosamente falsas. Y, por fortuna, las preferencias políticas se movieron lo suficiente como para que esa corriente ya no pudiera hablar en nombre del país.
Ahora el proceso de paz nos pone frente a una nueva interrogación: víctimas, culpa e identidad. ¿Quiénes somos? ¿Con qué patrimonio contamos para construir algo mejor? Tiene razón el profesor Alejo Vargas al decirle a un periodista que en el país no hay, ni puede haber, víctimas de primera y de segunda. Mientras no haya actores políticos capaces de tener su propia narrativa pero a la vez preocuparse con seriedad moral por todas las víctimas, estaremos lejos de aprovechar el gran potencial que nos ofrece este proceso de paz. A ver si algún 7 de agosto futuro nos coge discutiendo todavía, pero sin miedo y sin balas.
