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Terrorismo, paz y Venezuela

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Francisco Gutiérrez Sanín
11 de diciembre de 2015 - 02:00 a. m.
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Este fin de año converge sobre nosotros como una avalancha de hechos, todos los cuales ameritan análisis, y ninguno de los cuales es de muy fácil interpretación.

Aquí me restringiré por tanto a un terreno más acotado y seguro: la manera de leer dos de ellos en el contexto colombiano.

El primero se refiere a los ataques terroristas contra civiles indefensos en África, el Oriente Medio y Europa. Ellos dieron inicio a una nueva oleada de “guerra contra el terror”, esta vez con una Francia perturbada y descarrillada buscando tomar el liderazgo. Y de inmediato oímos los entusiastas gritos de guerra de los carroñeros colombianos, que encuentran en cualquier evento el pretexto para pedir más cuerpos de compatriotas destrozados, más sangre regada, más sirenas ululantes, y más destrucción. Todo esto en nombre del patriotismo. Lo menos que dijeron es que en Francia bombardean a los terroristas mientras en Colombia los premian.

Incluso si uno ignora la igualación de actores y contextos, se da cuenta que el comentario es absurdo. De hecho, como recordará el lector, Isis avanzó en los últimos años en Siria, donde el blanco de muchos actores era el régimen de Asad. La idea era quitar al tipo de en medio. Apenas los líderes occidentales se dieron cuenta de la magnitud del horror de Isis corrieron a un avenimiento más tácito que explícito, pero igualmente protuberante con Asad (y con Putin, conocido de autos). Premiaron a aquel enemigo jurado, y a este peligroso adversario, para enfrentar la crisis emergente. Independientemente de lo que se piense de la actuación de Europa y Estados Unidos en Oriente Medio (mi opinión es muy mala), lo primero que hicieron, y lo primero que debe hacer todo Estado moderno, es buscar soluciones políticas; las bombas, si necesarias, vienen después. El comentario de mala fe que usa el terrorismo de Isis como arma contra nuestro proceso de paz se vuelve, a la luz de las evidencias, un búmeran argumental. Bueno, todo esto ya lo sabía Horacio, el gran poeta latino que alguna vez dijo algo así como que la fuerza, cuando carece de inteligencia, se derrumba bajo su propio peso. Nuestros carroñeros tampoco tuvieron la fuerza, pues ella no les bastó para triunfar en esa aventura a la que nos quieren empujar ahora a todos los colombianos.

Cambio de tercio: elecciones venezolanas. La aplastante derrota del chavismo debería conducir a una reflexión cuidadosa a la izquierda latinoamericana y colombiana. Entiendo perfectamente que hay un elemento natural de alternación en el poder, que hace que una corriente que ha triunfado ininterrumpidamente durante tres lustros alguna vez tenga que perder. Esta es parte de la historia. Pero la otra, inocultable, es el saldo negativo que deja el chavismo en el poder. No solamente es el mal gobierno, las medidas económicas absurdas y anticrecimiento (ojo con la mentalidad anticrecimiento tan cómoda y tan difundida entre nuestra intelectualidad) y la deriva antidemocrática, entre otros muchos de los problemas que podrían llamarse “estructurales” de los que adolecía el régimen. También está el estilo amenazante, agresivo y brutal que se promovió desde la alturas. Este estilo político vino acompañado de la criminalización de la oposición, y del intento de desbaratarla a través de aviesas (pero torpes) trampas jurídicas.

Sí, sí, sé que en Colombia hemos vivido pesadillas peores, con todos los etcéteras que quieran agregarse. Pero los pecados de un lado no justifican los del otro; no lo hacían en el período de la guerra fría, en donde se instalaron plenamente estas contabilidades por partida doble, y mucho menos ahora. La izquierda latinoamericana tiene muchas experiencias a las cuales mirar, y muchísimos motivos para ofrecer sus ideas y opciones a la población. Pero si no aprende a gobernar bien, será cada vez menos alternativa seria.

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