Los constantes saboteos y desplantes hechos por el gobierno de Estados Unidos al colombiano, en trance de una delicada operación de equilibrismo para resolver el problema de la presencia cubana en la cumbre de Cartagena, muestra hasta qué punto el proverbial coloso del norte es un socio incómodo, indelicado e intemperante.
Con razón América Latina se ha ido distanciando más y más de los Estados Unidos. Hoy el subcontinente tiene en su mayoría gobiernos de izquierda, y tolera con una notable y creciente falta de entusiasmo la famosa “guerra contra las drogas”, que tanto nos cuesta en términos de vidas humanas, de instituciones y de democracia. Mientras tanto, comienzan a fluir a manos llenas capitales chinos, vía inversiones y préstamos en condiciones mejores que el estándar de la banca internacional (un fenómeno que ya comienza a merecer interesantes trabajos académicos). Los gringos parecen no apercibirse de esto, y siguen portándose con la prepotencia de siempre. Pero ni siquiera desde el punto de vista de una lógica puramente imperial parecen razonables los giros que toma la política internacional de los Estados Unidos. Al fin y al cabo, ninguna persona sensata se dedica a hacer sus necesidades en el patio de atrás.
Hay varias explicaciones posibles del fenómeno. La más obvia e inmediata parece la trabazón política en la que viven los Estados Unidos desde hace un par de años. Cada vez más, el país más poderoso del mundo se divide en dos grandes subculturas, ferozmente enfrentadas, con una (la de derecha) que se radicaliza, y otra (la de centro) que contemporiza y busca no darle motivos de agitación al adversario. En esa tónica, no parece realista pensar que Obama pueda hacer nada muy espectacular ni con respecto del ‘narco’ ni con respecto de Cuba (incluso si quisiera, lo cual también es una incógnita). Los grupos de presión cubano-norteamericanos y de cancerberos de las buenas costumbres pegarían alaridos en cuanto se diera algún paso, por tímido que fuera, en la dirección de descongelar los grandes debates que preocupan a los latinoamericanos; y tales grupos tienen un peso electoral que no es despreciable. Por lo demás, hay que recordar que figuras que están en la carrera presidencial (Newt Gingrich) han desempolvado muy orondamente la doctrina Monroe (América, es decir todos nosotros, para los americanos, es decir, U.S.A.). Gingrich, que no tiene muchos votos, goza en cambio de una vida personal más agitada de lo que quisiera reconocer, y de una notable influencia.
Aparte de esto, resulta claro que ni las prioridades ni las urgencias norteamericanas están aquí. Las grandes apuestas se juegan en la crisis europea, y en el caldero del Medio Oriente, que puede resultar explotándonos —¿nuclearmente?— en la cara. Claro que el poder explicativo de este factor ya es discutible. La orientación del buen vecino de Roosevelt se planteó y desarrolló cuando el mundo se dirigía sin escalas y sin anestesia a las más brutal conflagración que ha conocido la humanidad. Que el gobierno de Obama tenga muchos asuntos en el tintero ni explica bien ni justifica la pobreza de su política latinoamericana. Y por último están las tradiciones imperiales, con su terrible carga histórica, apuntaladas sobre la enorme asimetría en términos económicos, científicos y militares entre el sur y el norte del continente.
Como fuere, América Latina se dirige a una mayor autonomía, y eso hay que aplaudirlo. Ahora será necesario que el tema del aislamiento de Cuba entre a la agenda de discusión en Cartagena. Pero ya de eso se ocuparán los expertos. Yo en realidad quería referirme al delicioso acuerdo de dos políticos de Mompox, Bolívar, para repartirse la Alcaldía. Ese pacto, notarizado, cómo no, tiene mucha más sustancia e historia de lo que podría suponerse. Si de aquí a la próxima semana no hay algún terremoto, prometo hablar precisamente de eso.