Publicidad

Sorpresas te da la vida

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Francisco Gutiérrez Sanín
15 de mayo de 2026 - 05:05 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Trump acaba de declarar, muy seriamente, su intención de convertir a Venezuela en el estado 51 de la Unión Americana. Como tendemos a normalizar hasta las situaciones más extrañas, es mejor recordar cómo llegamos hasta acá. A principios del año, los gringos “extrajeron” a Nicolás Maduro, entonces presidente de Venezuela. Pero en lugar de entregarle el poder a la oposición, llegaron a un arreglo con una de las figuras señeras del chavismo, Delcy Rodríguez, en esencia, para coadministrar el país, el petróleo y otros recursos.

Los muchos que creían que la operación significaría un “retorno a la democracia”, una fabulosa apertura obtenida mediante el secuestro, quedaron con un palmo de narices. Lo máximo que logró María Corina Machado, entonces jefa de la oposición y partidaria del ataque, después de una humillante visita a la Casa Blanca, fue un montón de bisutería del movimiento MAGA. Pero también quedó en evidencia la narrativa de que el chavismo era el gran régimen transformador. Lo que tuvimos el dudoso privilegio de contemplar fue un rápido acomodo entre burdos colonialistas y bolivarianos del siglo XXI, sobre la base compartida de la necesidad de mantener y proveer estabilidad y orden. Resultó que todo el resto era manejable. Puede dar angustia y rabia, ¿pero no les da también curiosidad? A mí me encantaría leer un trabajo serio analizando y explicando el fenómeno, pero no he podido encontrarlo.

Como fuere, apostarle a la estabilidad cuando Trump está de por medio es complicado. A pesar de que el plagio de Maduro es la operación internacional que mejor le ha salido, o de pronto, precisamente por eso, el magnate naranja sigue agitando las aguas venezolanas. De hecho, su propuesta de anexión lo sitúa a él mismo en el centro del escenario: ahora como candidato presidencial de ese país. “La gente que está a cargo” lo está haciendo muy bien, dice Trump, pero los votantes lo aman a él.

¿Será? Trump es un personaje de opereta –a la vez muy siniestro–, pero la aserción en este caso no se debería desestimar. Después de que cayera el comunismo en Polonia, por allá en 1990, el empresario canadiense Stanisław Tymiński se presentó a las presidenciales. Parecía un candidato desastroso, y a duras penas hablaba polaco (además, con mucho acento). Sin embargo, le metió un buen susto a su rival Lech Wałęsa, el legendario líder obrero que había logrado desestabilizar irreparablemente al régimen (y que probablemente estuvo a sueldo de este, pero ese detalle lo reservo para otra columna). Más cerca de nosotros: Perú eligió a dos presidentes cuyo español estaba lejos de ser perfecto (Fujimori y Kuczynski), que, de alguna manera, alardeaban de tener algo de lo que los nativos carecían. Los dos fueron exitosos en las urnas (aunque terminaron arrestados); su obvio dejo “extranjero” les sirvió. Por ejemplo, Fujimori usó hasta el cansancio su identidad de “ingeniero japonés”, capaz de superar las ineficiencias de los comodones cholos y criollos.

En síntesis: en momentos de crisis extraordinaria, votar por alguien que parece “ajeno” y “distante” puede verse como una solución por amplios sectores del electorado, en contextos y períodos muy diferentes.

Así que la anexión y precandidatura no son bromas, sino globos de prueba, al menos parcialmente verosímiles. No creo que Trump logre sacarlas adelante: es demasiado desordenado; tiene muchas amenazas pendiendo sobre su cuello. Las cosas no le están saliendo bien, pero eso no quiere decir que sus sueños venezolanos sean descabellados.

Odiosos, eso sí: estas fracturas nacionales producen efectos malsanos de larga duración. A veces, nunca se superan. Apostar por la aventura de la subordinación plena, o tolerarla, como hacen muchos en nuestro debate público actual, esperando con ilusión exasperada la intervención que “salve al país”, es algo que nadie en sus cabales debería permitirse. En ningún lugar del espectro político, como lo sugiere la dolorosa y grotesca saga de María Corina.

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.