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Murió Plinio Apuleyo Mendoza. No lo conocí ni, francamente, hubiera querido hacerlo. No sólo por sus posiciones políticas –que llegaron hasta una repugnante legitimación del paramilitarismo–, sino porque en sus obras, varias de ellas notables, adivino un tufillo de envidia que me molesta muchísimo.
Pero el título de esta columna no se relaciona de manera tan rectilínea con este primer párrafo más bien destemplado (¡no se habla mal de los muertos!), sino más bien con la idea de que el fin de una figura pública puede servir de pretexto para reflexionar, no sobre ella, sino sobre otros personajes o temas. Comienzo en esta columna por su padre, Plinio Mendoza Neira.
Se trata de una figura extremadamente interesante, de la que valdría la pena escribir una biografía. Líder liberal boyacense, estaba inclinado hacia el centro-izquierda. Intelectual, periodista y organizador, puso en marcha la estructuración orgánica de su partido al inicio de la llamada República Liberal (1930-1946). Fue representante a la Cámara, senador, contralor (la Contraloría era una entidad creada recientemente, en la década de 1920, como recomendación de la Misión Kemmerer, si no me equivoco: el Estado colombiano estaba aprendiendo a medir).
En el gobierno de López Pumarejo fue ministro de Guerra. Allí tuvo su mala hora. Carlos Lleras Restrepo, quien entonces ocupaba la Contraloría, le armó un renombrado debate contra la corrupción en su ministerio (malos manejos de los gastos reservados, mal uso del dinero para propaganda, etc.). Tuvo como defensor –de nuevo, si la memoria no se burla, como suele hacerlo de mí– ni más ni menos que al mismísimo Gaitán, quien se levantó de su curul para proteger “a un gran hombre de una grande infamia”. La frase tiene la siguiente inspiración: Lleras era un centrista (santista de Eduardo Santos), así que Gaitán creía adivinar en su debate un motivo faccioso.
¿Centrista, dije? Pero también, ya en ese entonces, un reformista agrario convencido y partidario (así fuera verbal) de la inclusión social. Ya ven ustedes cómo va cambiando el sentido de las palabras. Hoy parecería que el vocablo ha sido globalmente colonizado por líderes indiferentes respecto de los grandes conflictos sociales y de las cuitas de quienes dicen querer representar. El punto, en todo caso, es que Lleras, Gaitán y Mendoza podían debatir virulentamente, pero tenían un lenguaje común (comenzando por sentidos de la evidencia y técnicas de argumentación compartidos).
Como fuere, aunque a Plinio lo exoneraron, quedó políticamente muy golpeado. Volvió entonces al periodismo y los ensayos. En 1943 fundó, junto a Armando Solano –otro liberal boyacense de centro-izquierda y escritor estupendo–, el semanario Sábado, una de las revistas más influyentes de la época, entre otras muchas cosas, porque logró escapar al estrecho espíritu sectario que caracterizaba a casi todas las publicaciones del momento. Otro factor detrás de su éxito fue simplemente su gran calidad. A Sábado se le ocurrió en 1944 la brillante idea de pedirles a diferentes dirigentes de los dos grandes partidos de la época que explicaran sus preferencias políticas en una serie de ensayos, la mayoría muy serios, bajo la rúbrica común de Por qué soy liberal y Por qué soy conservador, aunque con títulos variables. Los que crean a pie juntillas que detrás de esas adscripciones había simples “odios heredados” o “tradición” harían bien en leerlos. Podría ser interesante hacer un ejercicio análogo hoy…
En 1946 el liberalismo se dividió y perdió el poder. Plinio apoyó a Turbay. Pero después promovió la unificación liberal bajo la égida de Gaitán y se volvió parte de su círculo íntimo. Cuando abalearon al gran líder rojo, iba tomado del brazo de Plinio.
¿Qué trayectoria, eh? Pero ella me lleva directamente a la pregunta que tendría que hacer sobre su hijo: ¿por qué el ascenso de las nuevas derechas en Colombia no ha producido, ni promete producir, a un intelectual del calibre de Plinio Junior? Apenas pueda, intentaré responderla.
