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La paz se va aclimatando en Colombia.
Con altibajos y sobresaltos, como tenía que ser. Va a ser una paz luchada, de dientes apretados, en la que cualquier descuido se puede pagar caro. Pero parece que se va a lograr.
Parte importante de los sobresaltos se debe a la recalcitrante campaña adversa que ha lanzado Uribe, quien ha cometido las increíbles estupideces que parecían reservadas solamente a personajes muy específicos dentro de su círculo de amigos, como tratar a una publicación humorística en la red como si fuera una denuncia real. Para peor, esta denuncia apócrifa correspondía precisamente a lo que peores malestares de hígado le produce: la abrumadora aceptación internacional del acuerdo sobre justicia en La Habana. El odio es mal consejero.
Yo estoy totalmente de acuerdo con muchos comentaristas y funcionarios en el sentido de que este gran acuerdo de paz no puede pensarse como una maniobra chiquita para encerrar a Uribe (por lo menos no en una cárcel; si se trata de un sanatorio ya es otra cosa). A la vez, no creo que sea conveniente ser tan cuidadoso como ha sido el país con sus susceptibilidades. Cierto: si algo ha demostrado en estos días el senador es que se trata de un personaje sensible. Él, que de niño fue formado por su padre para atravesársele a un toro miura sin parpadear, ahora se achica y tiembla frente a ciertas palabras. Por ejemplo, cuando la senadora Claudia López le recordó los episodios de Santa Fe de “Relajito”, Uribe se desgarró las vestiduras y respondió que ese sitio de reclusión no había sido “una pachanga”.
Vea usted: una vez más estoy de acuerdo con el caudillo y los suyos. ¡Claro! Aquello no fue una pachanga: fue una rumba monumental, un festival de corrupción, sexo, odio y sangre como no ha habido igual, al menos en este país. López debería darle el crédito a Uribe, que supo hacer las cosas en grande. Como tampoco ha habido proceso más puntuado por escándalos y brutalidades que ese. Veamos sólo algunos poquísimos ejemplos (es que la columna no da abasto para toda la narrativa). En 2004, en pleno proceso de paz, los paramilitares del Bloque Norte entraron en Bahía Portete y asesinaron a 13 personas (desaparecieron a 30, que yo doy por muertas). Estaban en medio de las conversaciones con el Gobierno del señor Uribe. ¿Qué dijo este? Nada. Como tampoco se manifestó frente a las literalmente decenas de masacres que cometieron los paramilitares entre 2004 y 2007. Busquen alguna expresión de malestar suya; si la encuentran, por favor escríbanme. El 16 de abril de 2004 le mataron al negociador de la contraparte, Carlos Castaño: lo hicieron en sus narices. Todo el mundo sabía, y todo el mundo dijo, que lo habían asesinado porque Castaño quiso deshacerse a la hora de la nona de los narcotraficantes dentro de la cúpula de su organización. ¿Y saben qué dijo Uribe? Nada. Ni siquiera les frunció el ceño.
También calló cuando esos mismos paramilitares quisieron apoderarse de jirones enteros del sistema político, de la salud, de los presupuestos municipales, y de la tierra de los campesinos: también en sus narices... ¡Un momento! ¡No! ¡No! ¡Me equivoco! El irascible señor Uribe ahí sí pegó alaridos públicos de rabia: pero no contra los delincuentes que mataban, torturaban, robaban, violaban y destruían, sino contra los jueces que comenzaron a apercibirse de sus operaciones.
Ahora este tipo reivindica el derecho a obligarlo a usted, amable lector, y a sus hijos, y los hijos de sus hijos, a seguirse matando, porque se hubiera podido lograr algo más bonito, o se hubieran podido utilizar palabras más comedidas. Es que se trata, no lo olviden, de un hombre sensible.
Coletilla. La absurda condena a Feliciano Valencia constituye una típica criminalización de la protesta social.
