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Un enredo

Francisco Gutiérrez Sanín

09 de octubre de 2014 - 10:38 p. m.

Cuando leo las noticias sobre el ébola, o sobre el androide femenino que acaban de crear los japoneses, me acuerdo de que hay muchos más temas interesantes que el proyecto de equilibrio de poderes que actualmente se tramita en el Congreso.

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Pero éste, como los niños malcriados, sigue demandando atención.

Decía el buen Paracelso que todo era remedio y todo era veneno: la diferencia consistía en la dosis. Lo mismo sucede con los objetivos y las ideas. Amanecer un día con una buena idea es una bendición. Amanecer con 20, sin relación aparente ni jerarquía de prioridades, puede ser una receta para una crisis de nervios. Desde el principio, el proyecto tenía algo de remedio y algo de veneno: sufría de esa barroca proliferación de objetivos que cultivamos morosamente por estos lados. El más dañino de nuestros cultivos ilícitos, en realidad.

De esa primera iniciativa creo que hay que rescatar un espíritu republicano que en principio promovía los pesos y contrapesos y la alternación en el poder. Claro: algunas cláusulas desafiaban ese ánimo. Pero el problema principal residía en que no había análisis ni prioridades que respaldaran la propuesta. ¿Qué opinan ustedes, por ejemplo, de acabar con la reelección presidencial en Colombia? Cambiar las reglas de juego en provecho propio, como se hizo en 2006 y se intentó hacer —violando hasta la ley de gravedad— en 2009 y 2010, es dañino para la democracia y profundamente reprochable. Eso no quiere decir que la reelección presidencial siempre sea nociva. La continua e indefinida sí, pero ¿la acotada? ¿Hubiera tenido Estados Unidos su New Deal sin Roosevelt? ¿Si soy boliviano, por qué diablos voy a querer sacar al Evo? Por supuesto, también hay poderosos argumentos en contra. Y experiencias desastrosas (no más miren a Venezuela). Pero no he logrado encontrar un solo balance reflexivo por parte de los proponentes sobre los costos y los beneficios de acabar con la figura. Tampoco he podido hallar la sustentación a ponerle límite al tiempo que pueda pasar un político en el Congreso. Ni veo cómo pueda haberla. Si, por ejemplo, el Estado o un empresario van a contratar a alguien para que le trabaje, una de las primeras cosas que le pedirán es su experiencia. Aquí, en cambio, vamos a exigirle que no la tenga. Si la idea subyacente es promover una renovación forzada del actual personal político, hay maneras menos excéntricas de hacerlo.

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A medida que se desarrollan las transacciones típicas de estos procesos, lo confuso se va tornando ininteligible. Por ejemplo, una de las grandes promesas del proyecto de equilibrio era fortalecer a los partidos a través de listas cerradas, pero hete aquí que al primer estornudo parlamentario, la propuesta tambalea y quizás se cae (o al menos así lo dice la televisión). Es que la lista cerrada no agrada a partidos turbulentos e invertebrados (como los que componen la Unidad Nacional), que sufren de serios problemas de acción colectiva y que necesitan del voto preferente para tramitar sus tensiones internas y sus complejas filas indias. Otra iniciativa interesante, la del voto obligatorio, al parecer también se tambalea. Por otra parte, ha aparecido toda una serie de nuevas propuestas que suenan a pura improvisación, y que generan, como suele decirse, mucho calor y poca luz. Cuidado con esto, no se vaya a salir rápidamente de las manos.

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Cara-dura. Para denunciar la repugnante doble contabilidad de Uribe, prometí en la columna pasada hacer un conteo de los sapos que nos tuvimos que comer los colombianos por cuenta de la paz con los paramilitares. Cambié de idea. Cada vez que saquen un cartelito al estilo de “a cuántos atentados estamos...” recordaré un evento. Me van a sobrar muchos. Comiencen con el asesinato del principal negociador de la contraparte, Carlos Castaño, en sus narices. ¿Qué dijeron los que ahora se rasgan las vestiduras?

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