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Un largo camino

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Francisco Gutiérrez Sanín
15 de diciembre de 2011 - 10:00 p. m.
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Murió abrupta e inesperadamente Álvaro Camacho, sociólogo, colega en el IEPRI de la Universidad Nacional y columnista de este diario.

Como otros eminentes miembros de su generación, Camacho combinó la reflexión académica con un esfuerzo de institucionalización permanente, lo que le permitió dejar su marca en algunas de las mejores universidades del país (Valle, Nacional, Andes). Sólo quienes lo conocieron pueden evaluar la magnitud de la pérdida.

No creo estar distorsionando la notable trayectoria de Álvaro si digo que su principal obsesión, al menos en los últimos lustros, fue entender el impacto de las economías del narcotráfico en nuestra sociedad y nuestra política. Y, obviamente, el tema sigue más vigente que nunca. El problema que tenemos ante nosotros es el siguiente: después de cuatro décadas de política prohibicionista global, el resultado es una verdadera catástrofe, igualmente global. América Latina se ha convertido en una gran Chicago —haciendo la analogía con la prohibición de la década de 1930—. La participación de las economías ilegales en el producto mundial es enorme, según los estimativos que se hacen con alguna regularidad. Esa es la noticia mala. La peor —no, aquí no hay noticia buena— es que las alternativas no están muy claras. Así que los colombianos estamos, como dijo en entrevista reciente la fiscal Viviane Morales, en un doble problema. Primero, no podemos decidir nada solos. Se trata de asuntos que trascienden con mucho el marco nacional. Segundo, la propuesta de legalización a rajatabla no parece viable, probablemente ni siquiera deseable. Legalizar la marihuana me parece obvio, pero creo que con sustancias como la heroína, por ejemplo, hay un debate genuino acerca de la prohibición.

Eso, por supuesto, no significa que no se pueda hacer nada. De hecho, plantea dos tareas urgentes. La primera es aprovechar los foros regionales en donde tengamos alguna influencia para crear estructuras y redes que nos permitan ir construyendo un discurso latinoamericano que trascienda la queja y empiece a tener el poder de las alternativas concretas. La segunda es, precisamente, empezar a desarrollar tales alternativas; a visualizar un mundo post-prohibición. Este es un tema que tiene que ver con el derecho, la salud pública, la política, la economía. Como con muchos otros fenómenos odiosos, el fin de la prohibición sólo llegará cuando se diga con algún grado de credibilidad qué hay que hacer después. No se trata necesariamente de una receta, pero sí de un conjunto de instrucciones razonablemente concretas acerca de cómo tendría que procederse en términos de políticas públicas. Dicho de otra manera, el poco margen de maniobra que tenemos para actuar unilateralmente no implica que tengamos que resignarnos al inmovilismo. Es posible comenzar a actuar ya y producir resultados reales, de carne y hueso, en dos direcciones: ir construyendo una voz latinoamericana sobre la prohibición y desarrollar una reflexión seria, soportada en insumos técnicos sistemáticos, sobre las alternativas viables.

¿Suficiente? No. Pero sí necesario. Cuando las condiciones no están dadas para tomar acciones directas, aquellas —las condiciones— se van creando pacientemente y con visión de largo plazo. Es un poco como en fútbol. Hay dos clases de jugadores. Unos esperan que les llegue el balón. Los otros lo buscan activamente. Los primeros no ganan una. Nunca.

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