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Un problema de vida o muerte

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Francisco Gutiérrez Sanín
01 de abril de 2016 - 02:32 a. m.
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Se abre la mesa de conversaciones con el Eln. Excelente noticia. A propósito, estuvo muy bien Santos haciendo el anuncio.

Cuánta gente no le ha apostado en serio a esto (entre los que recuerdo a boca de jarro: Alejo Vargas, Víctor de Currea Lugo, León Valencia. Pero obviamente son muchos más). Esto abre una posibilidad única para Colombia: la de una paz completa, sin guerrillas, un verdadero punto cero arquimedeano sobre el cual apalancar la reconstrucción de este país. Una oportunidad que no hemos tenido en generaciones.

Y que no podemos desaprovechar. Por eso, hay que poner sobre el tapete algunos problemas cruciales que tienen el potencial de dañarlo todo. El principal, y simple, es que están asesinando a líderes sociales y a militantes de diversos partidos asociados a ellos. Son muchos los que han caído; la próxima semana el lector podrá encontrar en http://www.observatoriodetierras.org un conteo MUY conservador que hemos hecho en el Observatorio de Tierras, y que aun así resulta alarmante. Esta sangría es un escándalo para nuestro país, nuestra democracia y nuestros procesos de paz, y hay que pararla. Hace rato estoy insistiendo en la importancia del asunto, y comienzo a ver con optimismo que comienza a visibilizarse. Pero tal visibilidad no se transforma aún en acciones coordinadas y significativas.

Aquí tenemos que evitar dos extremos erróneos. Por un lado, la fantasía conspirativa de creer que basta con que el Gobierno dé la orden a las proverbiales “fuerzas oscuras” para que la oleada de asesinatos pare. Por otro, achacarles a tales fuerzas toda la culpabilidad, sin mover un dedo para producir una solución (lo cual no puede hacer un Estado que se reclama soberano). Timochenko, en una entrevista que concedió a una periodista mexicana, dijo algo notable: “Nosotros no le pedimos imposibles al Gobierno”. Muy bien. Pero los ciudadanos de este país tenemos que pedir en este terreno todos los posibles.

¿Y cuáles son? Comparto plenamente lo que dice Raymond Aron —un intelectual liberal de la guerra fría, ¡pero qué cabeza!— en su autobiografía: si uno identifica un problema de gobierno tiene que ser capaz de hacer propuestas de política para solucionarlo. Estoy escribiendo un documento sobre el asunto, pero aquí va un resumen de algunas propuestas. Primero, seguimiento público presidencial —análogo al tema apagón— de resultados en términos de eliminación de este terrible mal. El Estado hace lo que cuenta, en la doble acepción de enumerar y narrar a la ciudadanía. Los seguimientos públicos basados en alianzas entre el Estado y los medios son instrumentos eficacísimos de política; en la otra dirección, es inaudito que nuestro Estado no tenga un solo conteo oficial de líderes asesinados (o no que yo conozca). Segundo, involucramiento activo de la comunidad internacional a través de un libro blanco, que haga seguimientos semestrales sobre respeto a la vida de liderazgos sociales y de combatientes reinsertados; el Gobierno se puede autocomprometer a presentarlo semestralmente. Tercero, creación de un sistema de indicadores para que miembros de la Fuerza Pública y unidades territoriales se hagan responsables por lo que sucede en sus respectivas áreas de competencia. No podemos cometer el mismo error de los 90, cuando los municipios en donde ocurrían masacres en las narices de las autoridades eran tratados con los mismos parámetros que otros en donde había así fuera una semblanza de convivencia civilizada. Cuarto, creación de un sistema de seguimiento territorializado, con presencia de organizaciones sociales y Fuerza Pública (particularmente Policía) e interacción entre ellos, sobre todo para la respuesta a situaciones de emergencia.

Estas propuestas pueden ser insuficientes (pues aparte del tema homicidio hay otros, como detenciones arbitrarias) y/o requerir ajustes, pero de lo que sí estoy convencido es que necesitamos YA una política pública que merezca ese nombre para responder al desafío. Para antier es tarde.

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