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Me pregunto qué incauto pueda creer todavía algo —el saludo, una invitación a tomar tinto, qué sé yo— al fiscal general de la Nación, Néstor Humberto Martínez. Me pregunto también cuántos ciudadanos, y cuántos altos funcionarios, habrán evaluado las consecuencias de tener precisamente en ese cargo a alguien cuya credibilidad está muy cerca de cero.
El comentario viene a cuento del proceso de extradición de la persona conocida por la opinión como Jesús Santrich, proceso que tiene antecedentes públicos y conocidísimos, que Martínez ahora quiere escamotear. Los resumo brevemente. Santrich fue miembro del equipo dirigente que hizo la transición de la guerrilla de las Farc a la vida civil. Desde mediados del año pasado, la Fiscalía involucró a Santrich en una investigación por corrupción; esto supuestamente arrojó evidencia sobre su involucramiento con carteles mexicanos. En tanto, un juez de Estados Unidos lo pidió en extradición. A partir de allí, Martínez participó en —pienso de hecho que orquestó— una gran puesta en escena mediática, en la que mostraban al ciego Santrich —con sugerente música tenebrosa de fondo— recibiendo de terceros un billete al que llamaban “token”. Me atreví en esta columna a comentar tímidamente que ponerle un nombre en inglés a un objeto aún no constituía plena prueba en nuestro ordenamiento jurídico, y que de hecho todavía consideraba que faltaba mucho por demostrar.
Martínez mientras tanto estaba en un trance muy parecido a las euforias de Poirot cuando descubre que el asesino es el mayordomo. Ofreció entrevistas explicando que poseía pruebas “contundentes”, adjetivo que salió a relucir una y otra vez junto con los respectivos sinónimos (“concluyentes”) en la rueda de prensa que dio con el entonces presidente Santos en medio de múltiples autocelebraciones de heroísmo y firmeza republicana. Dijo Santos enfrente de Martínez: “El fiscal general de la Nación me ha informado que, como resultado de rigurosas investigaciones, tiene pruebas concluyentes y contundentes…”. De hecho, Martínez parecía no poder dejar de hablar sobre lo “contundentes” que eran las evidencias que había contra un Santrich ya encarcelado.
Les confieso: aunque desde el principio tuve la sensación desagradable de que las cosas no cuadraban en la narrativa presentada por Martínez, ni en mis sueños más calenturientos me imaginé lo que en realidad estaba sucediendo: todo era un farol, el tipo no tenía nada. Una combinación de ineficiencia y mala fe tan característica, y a la vez llevada a un extremo tan extraordinario, que me produce cierta admiración a contrapelo. Siento exactamente lo mismo al leer la rimbombante y agresiva carta que Martínez le escribe a un magistrado de la JEP, tratando en esencia de explicar que él nunca afirmó tener nada: una mentira de una audacia maravillosa. Para que la broma sea redonda, por esos mismos meses (noviembre de 2017) Martínez pontificó con su solemnidad característica en un foro sobre noticias falsas que organizaron varios de los más importantes medios de comunicación del país.
¿Ya dejaron de carcajearse? ¿Pero aparte de la risa, qué deja todo el episodio? Creo que se puede interpretar de dos maneras. La primera, optimista y simple: se trata de un problema vocacional. El hombre nació para prestidigitador, no para el cargo que ocupa. Una tragedia humana tan interesante como cualquier otra. La segunda es más dura y angustiante: hubo en estos años entre nuestro personal dirigente una frivolidad generalizada frente a la oportunidad que se abría de una paz sostenible, y no tuvimos ni los recursos ni las destrezas para generar los incentivos y las normas que lo llevaran a portarse con un mínimo de seriedad.
Volviendo a los primeros principios: no se trata de absolver a Santrich, ni de gustar de él y su discurso. Sino de exigir un mínimo de seriedad ciudadana y de Estado frente a un tema que involucra al futuro del país por años y años.
