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Este año, se cumplen veinte del fallecimiento del genial escritor polaco Stanisław Lem. Lem escribió varias obras maestras (algunas llevadas exitosamente al cine, como Solaris por nadie menos que Tarkovski), pero me parece que su máximo logro es Vacío Perfecto. Creo que está en el top 10 de los trabajos literarios del siglo XX en cualquier lengua (estos escalafones son una frivolidad, ¿pero no puede el entusiasmo permitir a veces tales licencias?). Es una colección de prólogos a novelas nunca escritas (prologada a su vez por el autor, quien desmonta con ferocidad su propia obra). Casi todos abordan temas fundamentales. Tengo la sensación de que, en cierta forma, se han vuelto cada vez más vigentes e importantes. Uno de ellos, por ejemplo, ilustra los problemas generados por el hecho de que formas de consciencia poderosas estén atrapadas en un computador. Volveré a él pronto.
Sin embargo, el que más me impresiona es Gruppenführer Luis XVI: una visión de cómo se producen ciertas reconfiguraciones del poder político. Aunque contiene un grosero error (ubica a los aztecas en Argentina, pero esa es la vaga geografía social que muchos europeos han tenido de nuestro continente), el relato es una reflexión magistral, tan realista como la que más, sobre lo que podría llamarse el espíritu cortesano de aluvión. El relato que la encapsula es el siguiente. Al final de la Segunda Guerra Mundial, un tal Siegfried Taudlitz, jefe de grupo de las SS, que se dio cuenta a tiempo de que el fin estaba cerca, huyó a Argentina con un combo de amigos. Estos constituyen una colección heterogénea de avivatos, matones que “se creen monárquicos” pero que en realidad “sólo son sádicos”, pobres diablos que admiran la brutalidad y pequeños operadores de torcidos venidos a más. Tienen hasta un “intelectual”, un médico degradado a quien sus amigotes miran con fascinación.
Taudlitz, un poco para establecer un control duradero, pero sobre todo porque le anima una genuina pulsión por el poder, crea en el latifundio argentino del que se ha apoderado una corte que, siguiendo su aspiración “culta”, trata de imitar a la de Luis XVI (de ahí el título). Pero Taudlitz tiene de la historia –en particular, de la francesa– apenas un conocimiento genérico, tomado de romances de pacotilla. Así que va concediendo a sus caricaturescos príncipes y obispos –tipos cuya trayectoria los ha vuelto expertos en toda clase de trapacerías, pero que comienzan a darse aires apenas visten el púrpura– grandilocuentes nombramientos, que van aparejados con las respectivas gabelas y posibilidades de dar rienda suelta a sus pulsiones.
Toda la cosa es grotesca, y sus protagonistas, claro, lo saben. Pero, a medida que avanza la farsa –y esta es la clave de toda la narración– las prédicas fraudulentas de los religiosos de oropel, los dictámenes espurios de los falsos juristas, las tristes dignidades de los sedicentes príncipes, se combinan con hechos reales. Las intrigas lo son, así como las peleas faccionales y las luchas despiadadas por dignidades y rentas. También, sobre todo, lo es la sangre derramada. La puesta en escena se convierte, sin dejar de serlo, en poder real puro y duro, con el que tienen que lidiar los “civiles” de la narración (comenzando por los trabajadores del latifundio, que son amansados a bala). En lugar de la típica dicotomía entre ficción y realidad, entre simulación usurpadora y potestad genuina, lo que encontramos aquí es una mezcla “química” entre las dos. Que parece perfectamente autocontenida, pero que puede terminar desestabilizándose, de acuerdo a la narración, por tres factores. Primero, el uso del lenguaje prosaico, llano, para poner en evidencia al cortesano de aluvión. Segundo, las inevitables peleas faccionales dentro de la nueva corte. Tercero, la acción de personas del común ajenas a ella (en el relato, un sobrino de Taudlitz). Lem le reprocha a Zellerman, su autor ficticio, no darles la importancia suficiente. Estoy totalmente de acuerdo.
