El Gobierno Nacional decidió destapar sus cartas y contarle al país que estaba sosteniendo conversaciones de paz con las Farc. Me es difícil imaginar una mejor noticia.
A la paz se le pueden buscar muchas objeciones. Pero incluso aquellas que contienen más de un aspecto de verdad no debilitan la importancia y viabilidad de la iniciativa. Primera: la paz no solucionará todos nuestros problemas. Convenido, no es una panacea, pero sí generará el proverbial salto cualitativo. Colombia no logró salir del ciclo de guerras campesinas que sí dejaron atrás todos los demás países de América Latina, y sólo con una visión muy parroquial puede uno ignorar la diferencia que significaría —en términos de estabilidad, de construcción del Estado, de reconstrucción del tejido social, de crecimiento económico— vivir en un país sin conflicto interno. Igual, en política la solución de hoy es el problema de mañana. Ojalá mi generación, o la de mis hijos, puedan sufrir de los terribles problemas que, según nos dicen, le aguardan al país una vez alcance la paz. Segundo: que la paz tiene costos. Claro que los tiene. Y es perfectamente posible asumirlos en el actual contexto internacional, como lo muestran numerosos ejemplos prominentes. La paz, cualquiera, implica algún grado de impunidad (y no sólo para los guerrilleros; espero volver al punto en el futuro). Pero en política uno no critica ninguna propuesta si no tiene a la mano alternativas reales. La única en este momento es el statu quo (con impunidad total y muchas más víctimas a la vista). Tercero: que la paz tiene riesgos. Y sí. Ha salido mal muchas veces (a propósito, la contraparte puede alegar lo mismo). Pero a veces ha salido bien. Creo, por ejemplo, que nuestro sistema político ganó con la reincorporación de la gente del M-19 y del Epl. Y el peligro de la caguanización, aunque real, es más bien remoto. El país, las Farc y la política son distintos.
Me parece que en lo inmediato hay cuatro trampas que el Gobierno debe evitar. La primera es que simplemente plantee su posición de manera tímida y defensiva, y no como la gran oportunidad que es. A la paz uno no puede ir como quien se toma un purgante. A la vez que hay que advertir que el proceso puede tener cantidad de sobresaltos y bloqueos —y que, como todo el mundo sabe, el interlocutor es MUY difícil—, alrededor de la paz hay que hacer una labor de convicción y de debate amplia y generosa: política en grande. La segunda es que se dé juego a los discursos estilo Gabino, de deliberar sobre lo divino y lo humano —comenzando por el neoliberalismo y siguiendo por cantidad de políticas sociales—, o que se acepten las peticiones de los mil actores que quisieran estar en las conversaciones. Suena muy políticamente correcto proponer opciones participativas para estas cosas, pero a medida que van entrando nuevos actores y temas aumentan prohibitivamente los costos de coordinación. La tercera es simplemente que no se tengan claros los tiempos y ritmos del proceso. A partir de cierto momento, conversar en medio del conflicto puede resultar insostenible. Todas estas cosas hay que irlas previendo. La cuarta es que se hagan concesiones en la vital política de restitución. Un aspecto clave de ella es que NO fue negociada, sino diseñada por un Congreso y un Gobierno elegidos. Pero ya que se adoptó constituye un vínculo fundamental entre el país realmente existente y la paz posible. Sería pésimo signo que en este momento se les ofreciera la cabeza del ministro Juan Camilo Restrepo a los enemigos de la restitución.
El Gobierno tiene entre sus manos una apuesta gorda, gorda. Ojalá juegue bien sus cartas. Pero lo bueno es que no tenemos por qué estar en esto sólo como observadores. Yo ya me aburrí de esta guerra cruel, despilfarradora, estúpida y mezquina: de “grandes odios y pequeñas rencillas”, como dijera alguna vez un general. ¿Y usted, lector?