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¿Una oportunidad para la paz?

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Francisco Gutiérrez Sanín
26 de abril de 2012 - 11:00 p. m.
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Durante el concierto que le regaló a Bogotá la semana pasada, el gran Paul McCartney interpretó la canción Give peace a chance. Era evidente que sabía que el tema nos decía algo a los colombianos. A mí en particular me quedó zumbando.

¿Qué tan cerca estamos de poder darle una oportunidad a la paz? El presidente ha adelantado sobre el particular una política con tres aspectos centrales. Primero, continuar la presión militar sobre la guerrilla. Segundo, adelantar políticas sociales que le quiten a aquella los motivos. Tercero, “no botar la llave” de la negociación. En este esquema, creo que “son todos los que están” pero “no están todos los que son”. Es decir, los aspectos planteados parecen adecuados. Pero faltan al menos dos. Por un lado, protección enérgica a los civiles. Por otro, tener claro de qué se podría hablar con la guerrilla.

Quisiera detenerme en este segundo aspecto. Con motivo de la liberación por parte de las Farc de los policías y soldados que se estaban pudriendo en la selva, se puso de moda un populismo legalista, en lo más puro de nuestras tradiciones negativas, según el cual no se puede negociar nada con la guerrilla “pues la Corte Penal Internacional no deja”. Eso, claro, es pura paja. En este momento, por ejemplo, en Afganistán el gobierno está conversando con los talibanes y el presidente de ese país habla ya de perspectivas de negociación formal. Este paso nunca lo habría podido dar, a propósito, sin la autorización de los Estados Unidos. Bueno, los talibanes son el epítome del terrorismo; ni normativa ni políticamente es posible encontrar algo peor. ¿Y por qué ahora quieren dialogar con ellos? Porque resultaron difíciles de derrotar, porque los Estados Unidos necesitan salir rápido de esa invasión que se convirtió en un pantano, y así sucesivamente.

Primera lección sencilla: los estados hablan con las guerrillas cuando lo encuentran necesario y cuando tienen la legitimidad internacional para hacerlo. La gran trampa del proceso con los paramilitares comenzado en 2002 fue precisamente que no era muy evidente que fuera un diálogo con un adversario, y esto minó su legitimidad. Segunda lección: Si, y sólo si, es posible una solución negociada al conflicto, y si es menos costosa (de acuerdo con diversas unidades de conteo) que la militar, entonces es mejor conversar.

La pregunta es de qué. Y es aquí donde encuentro un vacío en el discurso gubernamental. Por cierto, los temas no tienen por qué ponerse ya en la agenda. No es el momento. Pero se tendría que comenzar a pensarlos. Cuando Costa Rica salió de su virulento conflicto a finales de la década de 1940, lo hizo también en parte porque unos tipos se dedicaron a analizar detenidamente una maqueta para la paz. Las llaves de la paz no se guardan en el bolsillo, se construyen.

Tengo el dudoso privilegio de haber pertenecido a la primera oleada de Caguán-escépticos. Me imagino que por no ir allá perdí oportunidades de oro como investigador. Pero la cosa me crispaba, porque sabía que iba a salir mal. El presidente Pastrana hizo énfasis unilateral en establecer relaciones de confianza y perdió de vista la cualidad del interlocutor y la necesidad de pensar en diseños. Y nunca he pensado que la paz tiene que ser una política “de Estado”, porque para bailar se necesitan dos. Hechas estas salvedades, creo que si un razonamiento claro lleva a la convicción de que es una buena alternativa para el país, hay que comenzar a pensarla en serio ya. Y dirigirse hacia allá con tranquilidad y persistencia.

Las Farc han cometido crueldades inenarrables. Pero llevamos décadas en esto, y estamos a años, o lustros, del cacareado “fin del fin”. Estos temas sólo se plantean cuando el statu quo es obviamente indeseable, subóptimo, prohibitivamente costoso, o todas las anteriores. Como dijo alguna vez de manera tan clara y contundente Carlos Lleras Restrepo, la paz, la de verdad, por definición siempre se conviene con enemigos.

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