El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Una propuesta

Quiero plantearle al país una idea, y pido que, pese a no tener ningún respaldo electoral, sea tomada muy en serio: que convirtamos al gladiolo en la flor nacional. Comencemos con las razones negativas que la soportan. Todo sentimiento patriótico necesita símbolos. Ya tenemos numerosos animales, comenzando por los felinos. ¿Por qué no acudir al reino vegetal para no caer en la monotonía? Pero las orquídeas de nuestros jardines botánicos y de los silleteros antioqueños deben considerarse cosa del pasado. Casi literalmente, flor de un día, que no tiene la menor posibilidad de competir con un bulbo perenne. La guayaba es el aroma del realismo mágico, por lo tanto, comunista, y merecedora de las llamas del infierno, como lo estableció ya hace tiempo Mafe. No hablemos ya de la flor del platanillo, una heliconia que crece en el entorno de la amable Pereira, “querendona y morena”, y por consiguiente patéticamente improductiva y sugerente de razas no arias, lo que nos deja mal ante nuestro Gran Hermano global. Con razón el "Plan Marshall" no ha llegado por allá.

PUBLICIDAD

Lo que me lleva a la gran razón positiva. El gladiolo se considera en Colombia el olor de la muerte. Cuántas veces no he oído la expresión “huele a gladiolo” (verbigracia, cuando un jugador de ajedrez está completamente perdido). Y, ya que la patria milagro está en plena celebración de la muerte, ¿no sería un lindo detalle adoptarlo, salir a la calle con uno en la solapa, celebrar a los artistas con un ramo de ellos, etc.?

Me dirán que exagero. Cada que me hacen ese reproche, termina resultando que me quedé corto. Hagan la enumeración de lo que se ha hecho realmente bien en estos meses de nuevo gobierno. Declarar la guerra a la oposición. Intentar volver a la fumigación de cultivos ilegalizados. Mantener completo silencio frente a las ejecuciones extrajudiciales, ya más de doscientas, de infelices que surcan los océanos en precarias embarcaciones y que son señalados, sin juicio ni evidencia pública, como narcotraficantes. En compensación, tratar de lanzar salvavidas a todos aquellos acusados de matar por razones que no corresponden al servicio de una fuerza pública democrática, insultar y amenazar a diferentes personas, pasearse entre cadáveres, portar armas, elaborar un estatuto para limitar la protesta de las personas que se sientan agraviadas.

Toda esta actividad febril se divide en cuatro categorías. Primero, la dramatización triunfal de la destrucción física del otro como un aspecto esencial de la narrativa oficial. Es la puesta en escena con la que estamos siendo bombardeados con cada vez mayor insistencia. Segundo, la aceptación, promoción o creación de políticas públicas que necesariamente generarán un contacto directo de poblaciones agraviadas con una fuerza pública que está recibiendo mensajes permanentes de que puede y debe arrasar con cualquier forma de oposición (recuerden: si estas operaciones alguna vez llegan al poder judicial, serán un par de uniformados quienes reciban las sanciones, no los civiles que los incitaron). Tercero: el intento de desmonte de políticas de inclusión y paz (y no sólo de aquellas que vienen del gobierno anterior). Y cuarto, la estigmatización de quienes se oponen a lo primero, lo segundo y lo tercero, como cómplices de los criminales. Es un círculo completo: la criminalización interrelacionada de poblaciones, de oposiciones y de controles.

Tan alarmante es esto como la ausencia, cada vez más llamativa, de programas constructivos que merezcan ese nombre. Háganle un seguimiento al llamado Plan Marshall, lanzado con bombos y platillos tras el reciente sismo, para que entiendan de qué estoy hablando.

Aunque el gladiolo es una flor bella, los resultados de esta deriva pueden ser terribles. Eso no implica, empero, que necesariamente susciten el rechazo universal. Si hay algo que deben aprender la oposición y los demócratas, es que la formación de preferencias electorales es complicada y tortuosa. En lugar de inventarse excusas para justificar las derrotas, habría que intentar explicarlas.

Conoce más
Ver todas las noticias
Leer más
Leer más