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Una serie de infarto

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Francisco Gutiérrez Sanín
20 de junio de 2013 - 11:29 p. m.
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Murió esta semana, de un ataque al corazón, el actor James Gandofini.

Aunque me imagino que habrá participado en numerosas películas, su principal mérito y la fuente básica de su fama provienen de haber encarnado a Tony, el jefe de la familia mafiosa Los Sopranos, en la serie de televisión del mismo nombre que dirigió —exactamente en el mismo sentido en que se dirige una orquesta— el gran David Chase.

Los Sopranos constituyó una pequeña revolución. En realidad, fue el primer paso hacia un cambio en la correlación de fuerzas entre el cine y la televisión. El cine disfrutó por décadas de un aura de encanto intelectual, con productos, íconos y cultores (desde Walter Benjamin hasta Scott Fitzgerald) que supieron reconocerlo y tratarlo como arte-arte. La televisión, más masiva, arrastró consigo el estigma de caja de embrutecimiento y de forma por excelencia de entretenimiento vacuo. Fue un fenómeno más o menos universal. Con Los Sopranos, esta línea divisoria que aparecía tan clara, tan nítida, tan obvia, empezó a borrarse. No creo que se le pueda escatimar la categoría de obra maestra, en el sentido más general y enfático que se quiera.

No fue ésta la única forma en que Los Sopranos desestabilizó lugares comunes tranquilizadores. Tratando sobre mafiosos, logró ir más allá de la hagiografía o la demonización. Sobre el carácter monstruoso de la actividad de Tony y sus compinches la serie ciertamente nunca dejó ninguna duda. Deconstruyó de manera indirecta pero implacable todos y cada uno de los mitos predilectos de los mafiosos (el de la lealtad entre ellos, por ejemplo). Y no concedió un centímetro al sentimentalismo kitsch del asesino y del matón, cuyo primer reflejo cuando está en problemas es compadecerse a sí mismo (la comparación con nuestros “caínes”, que navegan precisamente sobre esa clase de sentimentalismo, se sugiere a sí misma). A la vez, logró mostrar qué tan cercanos, tan peligrosamente cercanos, están estos personajes de nosotros. Sus fracturas maritales, sus tensiones con sus hijos adolescentes, sus extrañamientos con los amigos, sus problemas con el sobrepeso o con la hipoteca, todos tienen literalmente “un aire de familia”. De las muchas escenas de la serie que se me han quedado en la memoria, mi predilecta es la siguiente. Después de mil esfuerzos operativos y legales (sí, en ese entonces se necesitaba una orden judicial para espiar a los ciudadanos), unos agentes del FBI logran plantar unos micrófonos en el sótano de Tony. Por la noche, baja a ese sótano Tony con su esposa Carmela —otro personaje extraordinario— y se ponen a montar en bicicleta estática y a hablar. ¿Sus temas? El banal día a día de cualquier familia de clase media. Qué tan mal se está portando la hija, hay que cortarle a la grasa, el maldito plomero no llegó a arreglar el baño… Los pobres tipos del FBI se quieren morir.

Los Sopranos se caracterizó por un sentido del humor oscuro, brutal, completamente ajeno al de las risas pregrabadas. Es una burla, una burla feroz, y no sólo a la mafia: también a las fuerzas de seguridad que la combaten (a veces “presuntamente”) y a la sociedad que la anida. Pero a la vez tiene algo de entrañable, de irrepetiblemente personal, porque sus personajes no son muñecos sino seres humanos de carne y hueso, que alternativamente divierten, asustan y sorprenden.

Como sucedió con Los Beatles, los seguidores de Los Sopranos cultivamos morosamente la esperanza de que la fiesta se pudiera prolongar y de que hubiera una sesión más. Nos acabamos de enterar que eso ya no pasará.

 

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