Nada cuadra en el discurso oficialista sobre los aterradores hechos del 9 de septiembre y en general sobre la violencia descontrolada de los últimos meses. Van aquí algunas ilustraciones (hay muchas más).
Primero: el aumento de las masacres se debe a los cultivos ilícitos. Pero a la vez, dice el Gobierno, los cultivos han disminuido. ¿Cómo explicar un fenómeno que desciende continuamente con otro que aumenta sin cesar? No sé: quizás sea posible. Pero deben decir cómo y por qué.
Segundo: los perpetradores de las masacres son narcos puros, que no tienen nada de político. Sus violencias son producto de la competencia por “corredores estratégicos”. Pero a la vez están detrás de la agitación social en Bogotá. ¿Cómo se entiende esto? No conozco de coca sembrada en la capital, a no ser que esta sea el epicentro de una floreciente industria de hidropónicos ilícitos. Como se sabe, los narcos matan con entusiasmo, pero cuando hay una ganancia posible de por medio. ¿A cuento de qué se iban a involucrar en estas cosas? ¿Y por qué actuaron como aficionados, sin causar una sola baja (mientras en cambio la policía disparaba a su antojo contra la población)?
Tercero: los ataques contra los CAI fueron minuciosamente coordinados. Francisco Santos llegó a sugerir en un trino que la cosa era parte de una operación internacional: “Protestas de Chile que destruyeron el metro tienen el mismo modus operandi con las de Bogotá. Coincidencia? No lo creo. Vandalismo espontáneo? Tampoco (sic)”. Aparte de la redacción de infante, hay aquí varias cosas que llaman la atención. Por ejemplo, el esfuerzo de encontrar al subversivo que pase al centro de la narrativa, desplazando el hecho que originó la explosión de rabia. Cierto: esta causó muchos hechos lamentables y les abrió la oportunidad a vándalos para operar. Pero: ¿qué originó toda la secuencia? ¿De pronto los complotistas que operaban en la oscuridad estaban de acuerdo con los policías que asesinaron a Ordóñez? Es la única manera en que los ataques se hubieran podido planear de antemano.
Es un poco como la genial versión del viceministro de Salud —presentada en Noticias Caracol— acerca de la presunta escasez de camas de UCI en Bogotá: está relacionada, sugiere, con las protestas del 9 de septiembre. No tiene evidencia sobre ninguna de las premisas de su razonamiento, pero en todo caso echa a circular la versión. Es una técnica. No tengo claro por qué diablos, a propósito, eso pueda tener el estatus de noticia. Aun así, debo decirlo: el viceministro no es un energúmeno y no grita (en este Gobierno es ya un avance), concede con cara de circunstancias que la gente después de todo sí tiene derecho a protestar, habla en nombre del autocuidado, y su dicho es harto menos inverosímil que el de Pachito. Me imagino que en la jerarquía uribista hay el siguiente mecanismo de ascenso: entre más descabellado puedas ser, más subes (no se equivoque el lector: la embajada en Washington es MUCHO más importante que el Viceministerio de Salud). Pero, aun así, lo del vice pone a prueba la credibilidad de cualquiera. ¿Cuál es la evidencia? Y aquí entre nosotros: ¿no será que en realidad la mejor opción es dejar de matar y agredir ciudadanos, con lo que nos evitamos las aglomeraciones que siguen? Pues, si se trata de autocuidado, el COVID-19 en efecto es malísimo para la salud. Pero el plomo también lo es.
Ahora recordemos las justificaciones que se usaron para explicar el brutal asesinato que dio origen a esta oleada de protestas. La gallardía policial. Las manzanas podridas. La víctima se autoatacó (horrible y criminal, pero no nuevo). De Duque para abajo se lanzaron estas proposiciones como globos de prueba, para después retirarlas silenciosamente.
Conclusión: quieren seguir manteniendo las condiciones que dieron origen a los hechos. Y no tienen ni idea de dónde están parados. Ambas características me causan profunda desazón.