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La extrema derecha colombiana no parece dar una. Sus liderazgos no salen de su estado de sobreexcitación permanente, que no creo corresponda al estado de ánimo del país, y no parecen tener nada que proponer.
Aquí hay algo raro que merece algún esfuerzo de interpretación. Por ejemplo, los centristas en casi todo el mundo están metidos en profundos problemas; los de sus pares colombianos, aunque no un reflejo mecánico de ellos, sí que revelan unos patrones comunes. En cambio, las derechas radicales han ganado en muchas partes, y aspiran con razones fundadas a mantener su poder o a ampliarlo en otras tantas. ¿Por qué no aquí? Hay muchas explicaciones posibles, y si la coyuntura y la energía me lo permiten, discutiré en esta columna algunas de las principales.
Primero, el nacionalismo, una fuerza muy potente, subestimada sistemáticamente por numerosos intelectuales, ha estado en el centro del ascenso de las nuevas derechas como herramienta de contraposición frente a “las élites globalistas”. Hasta Milei, un triste perrito faldero, puede pretender que sigue un programa de renovación nacional. Nuestra derecha actual no ha logrado encontrar algo semejante. Desde la promesa de Vicky Dávila de “consentir” a Trump hasta el igualmente grotesco y equívoco coro que suplicaba para que éste disciplinara a Petro, ella ha quedado en evidencia como una fuerza profundamente antinacional. Quisiera, claro, que no fuera así, y para “cambiar el relato” tiene a la mano la carta de la defensa del ejército como depositario de lo mejor de la nacionalidad. Los uniformados serían víctimas de la agresión de los “mamertos”, y la derecha, en cambio, su campeona. Este es un planteamiento central, que va desde la cúpula (el caudillo, el Tigre) hasta la base (el programa de la reina de belleza aquella que quiere llegar al Congreso mientras se pregunta con gran preocupación a quién hay que matar primero, si a Fulano o a Mengano).
Pero esto también se ha debilitado. No digo que no tenga sentido; sólo que ha perdido credibilidad. Por una parte, la fuerza pública mejoró paulatinamente su situación material en este cuatrienio, sin que el respeto a su lugar específico en la institucionalidad republicana sufriera menoscabo. Por la otra, hay ya muchos hechos notorios que sugieren que los extremistas usan a los uniformados, pero que los desechan apenas se presenta un desafío real. La carrera de Uribe está repleta de oficiales de alta graduación que fueron sacrificados “cuando tocó”. ¿Querrán seguir ese camino de autoinmolación?
No hablemos ya de la relación de tales liderazgos con el mundo de la ilegalidad. El entorno de los aspirantes a “recuperar el país” incluye a narcos, pirámides, intermediarios (sí, también de Maduro) y, más recientemente, a las redes de pedófilos de las élites globalistas. ¿Qué tal el cuento de la cogestora de esas redes, invitada a cazar colombianos desde un helicóptero de nuestro ejército?
Se me podrá decir que la propia carrera de Uribe ya estaba marcada por amistades y relaciones tanto o más peligrosas, pero esa observación revela precisamente el duro problema que vive el extremismo colombiano en lo que al nacionalismo se refiere. Pues, en su momento, Uribe fue un patriota creíble para millones de colombianos. La cara concreta, pública, del globalismo no eran las redes de pedófilos sino los pacifistas y defensores de derechos humanos; Uribe hizo carrera alzándose contra ellos. Y participó en la reconfiguración temprana del orden global alrededor de la lucha contra el terrorismo. En ese sentido, no copió a Trump o a Orbán; los anticipó. Su propio entorno oscuro no parecía presagiar peligros, sino sugerir que estaba en posición de manejar todos los factores de poder, desde los legales hasta los ilegales. Desde allí, pudo apelar a un amplio espectro de figuras, desde tecnócratas hasta paramilitares.
Eso generó muchos horrores. Y de esa versión del nacionalismo de extrema derecha queda poco. La nueva camada no ha encontrado una fórmula alternativa.
