Qué forma de comenzar el año. Toma de Venezuela. Amenaza de invasión a Colombia, México y Dinamarca. Con lo primero, Trump se deshizo de Maduro, dejando, sin embargo, a su cúpula como administradora del petróleo y del país (en ese orden). El ataque tuvo tres dimensiones básicas. Primero: la aplicación de una estrategia que, claro, tiene larguísimos antecedentes, pero también elementos nuevos. Esa estrategia, permítanme recordarlo, fue expuesta con mucha claridad por los Estados Unidos a finales de 2025. Segundo: la producción de un efecto demostrativo –dirigido a otros países latinoamericanos, pero también a potencias competidoras– de las altas capacidades militares que puede desplegar ese país contra un blanco determinado. Tercero: la exhibición pública (y, por tanto, orientada políticamente), sin vergüenza alguna, del resentimiento de un enano moral y humano. Trump no podía admitir que María Corina Machado le hubiera “robado” el Nobel. Ni siquiera después de que Machado se arrastrara, una vez más, ofreciéndoselo. Aunque también hay que tener en cuenta que la cúpula bolivariana podría terminar siendo un mejor garante de estabilidad y, por lo tanto, guachimán del petróleo, que Machado.
En cuanto se produjo la agresión, la derecha colombiana hizo fiesta. Hablando de enanos… En qué términos ven el mundo: lo que entendieron fue que Trump trolearía a Petro. Lozano, severísimo, le advirtió a este último que con Trump las cosas iban en serio (¿a qué se estaría refiriendo? ¿a la capacidad de violar la ley?). Paloma habló con entusiasmo de la defensa de la democracia. Del caudillo para abajo se alinearon con Trump. Lo sigue haciendo, “patrióticamente”, el DJ-expresidente, Duque. Incluso después de que algunos recogieran pita, por la coyuntura electoral, y de que se acordara una reunión entre los dos mandatarios, han seguido ilusionados con que Trump ponga en su sitio a Petro. Y entonces ellos entrarían a jugar…
Capaz no. Podría ser, como en el bolero interpretado por Julio Jaramillo, una “vana ilusión”. Lo que no están considerando es que en esta clase de programas neocolonialistas y racistas no hay, ni siquiera para ellos, algo más que el papel de comparsas. Trump circuló los otros días en su red Truth Social una foto suya que decía: “Presidente encargado de Venezuela”. El pequeño Marco sería, a su vez, el de Cuba. Una vez más, en esto hay tanto novedades como precedentes. Cuando Colombia exigía un tratado para que se construyera el canal de Panamá, por allá en 1903, el entonces presidente estadounidense Theodore Roosevelt mandó una carta al estupendo escritor, y terrible ideólogo racista, Rudyard Kipling (el autor de “La carga del hombre blanco”), en la que se burlaba de esa pretensión. No se podía tratar a una comunidad política “pitecoide” (es decir, simiesca; el llamado Pitecantropus había sido descubierto unos años antes), como era la colombiana, como si fuera similar a, digamos, Dinamarca.
¿Y entonces? Pitecoide el tigre. Pitecoide la consentidora. Pitecoides las barras trumpistas. Pitecoides, claro, Guaidó y María Corina, esa ladrona de premios. Lo dicho: si uno no se respeta a sí mismo, ¿quién lo va a respetar? Por lo demás, ¿quién puede creer que estas gentes –cuya apuesta reside en una apelación supina a un gobernante extranjero, autoritario y absolutamente impresentable– están capacitadas para dirigir al país en un momento de profunda crisis global?
Pues, en efecto, ahora también, vean ustedes, Dinamarca está amenazada. Espero que los que sostienen aquella otra vana ilusión –que los problemas se solucionarían con buenos modales– no vayan a salir con que los daneses cayeron bajo la mira porque no saben distinguir el tenedor de la fruta del del plato principal. Por supuesto: la diplomacia es fundamental (ayer y hoy). Por supuesto, hay que medir cada palabra en las relaciones con Estados Unidos. No hay lugar para una sola estridencia. Pero el problema es mucho más serio. Espero volver pronto a estos temas (la necesidad del “silencio activo” y hacia dónde vamos).