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Verdades dentro de mentiras (y viceversa)

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Francisco Gutiérrez Sanín
27 de marzo de 2015 - 04:00 a. m.
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El señor Pretelt, haciendo honor a varios de los principios fundamentales de la retórica uribista (la mejor defensa es el ataque, nunca admita nada), ha decidido irse lanza en ristre contra sus compañeros de Corte y contra el fiscal.

Era deliciosamente previsible. Algunos han tachado de “indignación” lo que motiva este acto. Es claro que estos gruñidos no expresan en realidad ninguna indignación, sino el automatismo de un sistema digestivo contrariado, el trabajoso ronroneo de un movimiento peristáltico al que interrumpen de manera abrupta.

No porque esta voz provenga del intestino grueso, empero, significa que todo lo que diga se pueda descartar. Cuando Pretelt nombra en su defensa el parecido de sus prácticas a las de otros, esgrime un argumento moral y jurídicamente ineficaz, pero revela síntomas a los que toca atender. Demasiado elogio resultaría concederle comisiones y análisis sesudos a este caso específico. Lo que interesa es precisamente todo lo que tiene de general. En este caso, hasta la desmemoria inverosímil de Uribe contiene algo que no se puede ignorar. Como ha mostrado de manera espectacular en casos análogos —San Andrés—, el señor Uribe es capaz de pescar en río revuelto aun ahí donde hay una gran acumulación de evidencias en su contra. ¿Y quién puso, se pregunta uno, al señor Pretelt? Los efectos deletéreos del ataque continuo y masivo de Uribe contra la justicia se seguirán sintiendo durante años. No contento con esto, denuncia a otros a los gritos. Cierto: indignante. Pero no por eso algunas de sus preguntas —¿por qué se produjeron estas cosas? ¿Por qué no se sacaron lecciones del fracaso de la pasada reforma a la justicia?— se pueden ignorar. Positiva la idea de reformar las instituciones. Pero para transitar por esa vía se necesita operar sobre las coaliciones políticas y las estructuras de poder en las regiones.

Hasta aquí he mostrado cómo posiciones absurdas, motivadas por el autointerés, pueden contener verdades o simplemente mensajes importantes para orientarse en el mundo. Pero también está el fenómeno contrario: esas mismas posiciones pueden construirse desde supuestos sumergidos que aceptan hasta sus más firmes adversarios, con lo que obtienen victorias inesperadas. De manera no casual, el mejor ejemplo también proviene en este caso de las toldas uribistas. La inefable señora Valencia ha propuesto dividir el departamento del Cauca, para que los indios se queden con un pedazo en el que hagan sus manifestaciones y sus invasiones, y los “mestizos” se queden con el suyo, en donde habrá carreteras, inversión, empleo y desarrollo. La pobre se sintió estigmatizada cuando le cayeron encima por su racismo primitivo (no le cobraron tanto el falso pudor kitsch que contiene la autodenominación de mestizo, que constituye la cereza en el ponqué). Algunos le destacaron en cambio su sinceridad. Sí: ¿por qué no aceptarlo? De hecho, si uno mete a la ecuación toda la evidencia que sugiere lo peligrosos que son los “mestizos” para los indígenas —es que la despalomada senadora ha olvidado los ríos de sangre que han tenido que regar aquéllos para recuperar sus tierras—, la partición comienza a tener sentido.

Lo que en cambio es inverosímil, pero de manera más bien sorprendente no entró en la polémica, es el supuesto implícito de que los “mestizos” representan de alguna manera el desarrollo, la inversión y el empleo. Paja. Esas élites en cuyo nombre habla Valencia expresan un roñoso e irredimible atraso. Algo similar se vio en Bolivia. ¿Y adivinen de la mano de quién llegó el crecimiento? Pero Paloma, claro, no se ha enterado. Lo suyo no es el discernimiento. Lo que no puede pasar es que estos supuestos también racistas sobre el crecimiento —los mestizos representan el desarrollo y el empleo— adquieran carta de ciudadanía, contra absolutamente toda la evidencia de la que disponemos.

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