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Víctimas

Francisco Gutiérrez Sanín

26 de noviembre de 2010 - 12:03 a. m.

INEVITABLE REFERIRSE AL ZIPIZA-pe que generó Álvaro Uribe al emitir un comunicado que indignó a todo el mundo, hasta al Procurador General.

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Ahora bien: de Uribe se pueden decir muchas cosas, pero no que es estúpido. No se llega a ser el presidente más popular de este país por casualidad. No, Uribe no tiene un pelo de tonto (eso no quiere decir que uno lo pueda graduar de gran matemático, como hizo alguna vez de manera tan enternecedora Fernando Londoño; que sepa echar bien las cuentas apenas lo hace un buen contador, en el mejor de los casos, y un avivato competente, en el peor). ¿Por qué, entonces, actúa así?

Creo que hay dos razones sencillas y muy poderosas. Primero, el que las violencias y actos de corrupción cometidos durante el mando del primer capataz del país hayan empezado a salir a la luz pone a todos los actores políticos frente a un hecho cumplido. En particular, la destitución de Bernardo Moreno por parte del Procurador tiene una doble consecuencia. Por un lado, da a la ciudadanía una prueba reina irrefutable del involucramiento de la presidencia como institución en el episodio de las chuzadas. En términos políticos, no se necesita más: tal decisión es prenda de responsabilidad plena. Por otro, da incentivos muy fuertes a los que participaron en estas operaciones para confesar, a menos que vean algún signo manifiesto de voluntad desde arriba para salvarles el pellejo. Esto se convierte en una amenaza muy severa y muy real. La única manera de tapar la hemorragia es deteniendo el curso de la justicia, que es la función que cumplirían los asilos. Uribe sabía que era inevitable tener que dar la batalla y, como siempre, escogió el momento y el terreno de su conveniencia para actuar.

Pero se fue de la lengua y eso me lleva al segundo factor: hubris, es decir, inconsciente y desmesurada arrogancia. Mientras fue presidente, Uribe podía desplegar un estilo pendenciero que le permitía poner contra la pared tanto a rivales como a aliados con una combinación de habilidad, intimidación y uso de la investidura. Despojado de ésta, su tono de perdonavidas impresiona menos, los ataques que antes si acaso provocaban una discreta evasión ahora son respondidos con fuego graneado, sus declaraciones contra-evidentes ya no encandilan. Pero las sigue produciendo, sin darse cuenta de que su posición estratégica ha cambiado. “Nuestra acción contundente contra el crimen ha generado toda clase de venganzas”, proclama, precisamente en el momento en que se acumulan las evidencias de corrupción abrumadora, en que el gobierno Santos se ve obligado a intervenir la Dirección Nacional de Estupefacientes y Fondelibertad, y en que la sentina del DAS expele sus peores hedores. A renglón seguido declara, en su plural mayestático que ya no produce estremecimientos de emoción sino preguntas acerca de quién lo estará acompañando, que “nuestra deliberación ha tenido intenciones de bien común”. Cuando era presidente también impartió, a otros, la certificación que ahora se otorga a sí mismo de ser buen muchacho: pero la experiencia ya les enseñó a los colombianos qué tanto valen tales constancias.

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¿Habrá también algo de simple rabia? Pues en ciertos círculos se contaba con la mano protectora del sucesor. Pero aquella no ha llegado, creo de hecho que no llegó. Y por eso ahora claman persecución. ¿Querrán una segunda ley de víctimas, con todo lo que les querían negar a las de verdad en la primera?

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