Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Indignación y dolor da el asesinato de policías y soldados en estado de indefensión por parte de las Farc.
Les malograron la vida, teniéndolos metidos en la selva durante lustros, y después terminaron con ellos brutalmente. Ahora no queda sino una opción: liberar a los que siguen en cautiverio. Ya. Si las Farc no escuchan las demandas humanitarias que les hacen, quizás sean más sensibles a la fría voz de la estrategia. Frisando las negociaciones del Caguán, Tirofijo puso sobre el tapete, con toda la fuerza, el “canje de prisioneros”. Mi propia impresión es que el canje le interesaba mucho más que lo grande, el proceso de paz que se estaba discutiendo. A partir de allí, el canje se convirtió en una de las principales consignas de las Farc. Pero ahora los uniformados que tienen en su poder no son ya para ellas carne de canje, sino un encarte. No sirven para negociar, logísticamente son un problema permanente, y si los asesinan eso constituye un revés político fenomenal. Suéltenlos ya.
En otra columna me referiré a la magnitud de los daños que le ha causado esta organización al país (dividiéndolos en directos e indirectos). Pero quisiera darle un giro un poco más personal a la reflexión de hoy. Mientras garabateaba estas líneas de pronto me di cuenta de que durante toda mi vida adulta no había pasado prácticamente un día sin ser sobresaltado por una historia de horror. Algo de razón ha de tener el culturalismo (explicaciones del comportamiento por un conjunto de valores profundamente insertados en la mentalidad de la población). Estas cosas van calando, y finalmente dejan un poso en el alma.
Algo de razón... ¿Pero cuánto? El programa culturalista en Colombia mantiene una posición acrítica frente a lo que llamo “las continuidades básicas”, pero siempre que he mirado con atención algún problema me he dado cuenta de que ninguna casa con los hechos. Tomen, por ejemplo, la continuidad en el tiempo. El supuesto fuerte es que hay patrones de comportamiento estables para cada territorio, durante períodos largos. Si esa continuidad no existiera, el culturalismo —al menos el más crudo— perdería mucho de su fuerza. Bueno, la experiencia colombiana es un ejemplo espectacular de discontinuidad. La Costa Caribe colombiana fue bastante vivible durante la Violencia, al menos en términos relativos. De hecho, hasta se hicieron teorías culturales sobre eso. No se había secado la tinta de esas publicaciones cuando los paramilitares se tomaron a la Costa en medio de un turbión de horror. Algo similar, que me ha interesado particularmente, pasa con Antioquia. Durante buena parte del siglo XX fue una suerte de epicentro de la moderación política, y estuvo lejos de los primeros lugares en el escalafón de los más violentos. En los ochenta pasó al primerísimo lugar, en todo. Pero después en Medellín la tasa de homicidios cayó espectacularmente. Cundinamarca, en cambio, fue caliente durante la primera mitad del siglo XX y al cabo se desactivó (relativamente).
Otro ejemplo de “continuidad básica” es la de lo micro y lo macro. Las violencias pequeñas se refuerzan mutuamente con las grandes. Hay una suerte de solidaridad inmoral entre todas ellas. Como hay hurto, maltrato familiar y la gente escupe en las calles, pasan cosas terribles. La violencia es aquí expresión de desorden social; de “vivir sin Dios y sin ley”, como dicen algunos. La noción subyacente es la de una pendiente inclinada, por la que uno se va resbalando. Algunos escritores (como De Quincey), con propósitos obviamente irónicos, invirtieron la pendiente. Comienzas matando, y terminas haciendo cosas realmente terribles, como sonarte los mocos con la servilleta. La mala noticia es que aquella intuición, que suena tan razonable, en muchos casos simplemente no funciona. Algunas de nuestras experiencias más turbulentas —como las milicias de Medellín de las décadas de los ochenta y noventa— fueron bastante serias y eficaces en combatir el despelote. Eran violentas porque odiaban la vida sin Dios y sin ley. Esto definitivamente no es una excepción.
En fin, creo que a estas alturas todavía no entendemos muy bien qué impactos tiene sobre nosotros el permanente goteo de sangre.
