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El Magistrado de la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Medellín, Rubén Darío Cogollo, decidió que existen indicios lo suficientemente serios como para investigar la relación entre Álvaro Uribe Vélez y el paramilitarismo.
La noticia no causó sensación en los medios colombianos, sea por la lenidad que ellos usan rutinariamente para con el exmandatario, sea porque éste ha acumulado a lo largo de su carrera tal cantidad de amistades peligrosas que la gente se esperaba desde hace rato un evento de tal tenor.
Quizás ahora cambien las cosas. La verdad, estos asuntos pertenecen a la esfera de las decisiones judiciales. Pese a la hostilidad militante de Uribe contra la justicia colombiana, aquellas (las decisiones) también han sido bastante benévolas para con él, entre otras cosas porque por haber sido presidente se encuentra bastante blindado. Pero hay que atenerse a las reglas del juego. Más allá del debate jurídico, empero, está el análisis político y social. Y lo que éste sugiere es que hubo, y hay, una conexión orgánica entre uribismo y paramilitarismo. Que dicha conexión haya consistido o no en un amor no correspondido, o en una asociación indirecta, o en alguna otra forma de relación no necesariamente cultivada de manera explícita y consciente, es una hipótesis que se puede discutir. Pero no veo muy bien cómo se pueda poner en duda la existencia misma de esa conexión.
¿Evidencias? Muchas, muchísimas, pero por razones de espacio me limito a tres. Primero, en la primera década de este siglo, la parapolítica estuvo bastante sobrerrepresentada en el uribismo, controlando por el hecho de que éste contaba con sólidas mayorías. Es decir, aún teniendo en cuenta su carácter mayoritario, al uribismo le correspondieron muchos más parapolíticos de los que proporcionalmente le hubieran tocado. La diferencia es muy significativa. Segundo, el primer círculo concéntrico de Uribe ha abrigado rutinariamente a figuras vinculadas de alguna manera u otra a la parapolítica. Lo de Luis Alfredo Ramos, uno de sus precandidatos, no es una casualidad. Uribe reconoció la presencia masiva de tales figuras, tanto en los equipos directivos como en los operadores de su coalición, al pedirles que votaran por él mientras no estuvieran en la cárcel. Tercero, Uribe promovió dentro de los organismos de seguridad a algunas figuras aterradoras, cuya colaboración sistemática con grupos paramilitares está más allá de toda duda razonable. Nada de esto fue un desliz de un día, o una estridencia momentánea. Es una de las marcas de identidad de una espectacular trayectoria política, por lo que todo lo que estoy recordando aquí tuvo lugar a la luz pública y se puede corroborar fácilmente.
Se podría decir mucho más sobre el particular. Piénsese por ejemplo en las apuestas de los gobiernos de Uribe con respecto del acuerdo de paz con el paramilitarismo. Yo defendí ese proceso, contra el criterio de la gran mayoría de mis amigos y conocidos, y a contrapelo de la repugnancia moral que me producían muchos de sus gestores, y no me arrepiento. Pero es bueno recordar que el diseño inicial del gobierno no contemplaba ninguna exigencia de verdad, cosa que sólo cambió con la intervención de las altas cortes y de algunos parlamentarios, incluyendo a algunos provenientes del propio uribismo, que se sintieron escandalizados por todo el episodio. Y la brutal fractura institucional entre ejecutivo y sistema judicial comenzó cuando Uribe quiso detener el proceso de la parapolítica, al que veía como “el último coletazo del terrorismo”.
Que ahora saque a relucir esos mismos hechos para marcar su distancia con el fenómeno paramilitar sólo revela, una vez más, la extraordinaria audacia de un líder que se acostumbró desde hace rato a vivir y actuar peligrosamente.
