NO ME ALEGRÓ VER LOS MÁS DE 40 cuerpos destrozados de miembros de las Farc después de la reanudación de los bombardeos.
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Ni la secuencia de eventos que condujeron al cese unilateral de fuego por parte de aquella organización. Ahora nos encontramos frente a una escalada de confrontación, que podría perfectamente terminar desestabilizando el proceso de paz. Es hora de parar esta locura.
Vale la pena hacer un recuento de la relación entre lo político y lo militar en estas conversaciones. La teoría militar de partida, basada en pasadas experiencias, es que había que evitar a toda costa que la guerrilla se fortaleciera en medio de las conversaciones. De hecho, esa era también una condición de viabilidad política; una repetición del Caguán hubiera sido intolerable. A finales de año, empero, la situación en el proceso cambió, pero la teoría militar no. Aunque sería un error decir que la paz en enero de 2015 era irreversible, sí estaba en una nueva etapa. Sin embargo, la teoría militar no se ajustó. Había que empezar gradualmente el tránsito de la guerrilla a la vida civil (gestos como la colaboración para el desminado apuntaban a ello), no sólo combatirla con la fuerza. El resultado ha sido desastroso, como siempre lo es cuando lo militar y lo político van separados .El Gobierno debe parar esta escalada, y las Farc volver al cese. Una fórmula análoga a la que propusieron en corto pero sustancioso comunicado los países garantes es perfectamente viable. Ya es hora de rodear al proceso de paz de garantías y de las enormes dosis de responsabilidad que necesita para salir adelante.
Lo que está en juego no sólo es el futuro de las conversaciones (lo cual ya es mucho). El presidente Santos debiera saberlo. Le debe su segundo período al hecho de que a la hora de la nona se decidió a apostarle duro a la paz. Naturalmente, es posible que haya otros cálculos en juego. Por ejemplo, Gabriel Silva afirmó en columna reciente que si Santos comenzaba a apretar más duro a las Farc subiría en las encuestas. Lo dudo. Silva se olvida de un detalle pequeñito. Hay un líder y un sector políticos que se quedarán con todos los réditos del fracaso de la paz, entre otras cosas por razones puramente técnicas: saben odiar mejor que cualquiera. Y, como buenos extremistas, cuentan entre sus odios mucho más que al enemigo ideológico, al traidor y al compañero de ruta. No le vaya a pasar al señor Silva lo que reporta la prensa sobre una turista estadounidense en Sudáfrica: abrió la ventanilla en un safari, y un león se la comió.
Lo que tienen que entender los operadores políticos colombianos es que no nos encontramos en una coyuntura convencional. Los premios ahora, pero también los costos, son mucho más grandes. Si el país conquista la paz nos espera mucho trabajo duro, mucho conflicto, mucha pregunta complicada sin responder, pero toda una serie de posibilidades y esperanzas inéditas. Con nuevos actores y demandas, y expectativas reales de reconstrucción de la sociedad y el Estado. Lo menos que puede decirse es que nadie se va a aburrir. En el otro escenario, sólo puede beneficiarse una sola fuerza política, extremista, ahora recargada de tigre, y llena de razones para bloquear cualquier posibilidad de investigar las relaciones entre política y criminalidad organizada.
Hablando del rey de Roma: Everth Bustamante, del Centro Democrático, denunció que uno de los miembros de ese partido, Rafael Pachón Díaz, había sido agredido brutalmente por el alcalde de su municipio. Después apareció muerto en extrañas circunstancias. Aunque el Centro es especialista en denuncias temerarias, yo no echaría esta en saco roto. Es absolutamente indispensable garantizar la seguridad plena de todos los actores políticos: eso también es paz.
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