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El ego de ciertos políticos y algo más…

Francisco Leal Buitrago

27 de noviembre de 2021 - 12:30 a. m.

Hay factores psicológicos que condicionan que un político sobresalga en mayor o menor grado, supeditados a su inteligencia, memoria, educación, experiencia y otros aspectos. Entre tales factores hay uno en especial que moldea actitudes personales en espacios públicos. Se trata del ego —del latín yo: consciencia que alguien tiene de sí mismo—. El ego, que es el exceso de autoestima, suele ir acompañado de la creencia en la capacidad que tiene una persona para desempeñarse con éxito, en especial en lugares públicos frente a personas desconocidas o poco conocidas, haciendo uso supuestamente de lenguaje encantador y actitudes seductoras.

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Al tener en cuenta la complejidad del proceso político nacional frente a los comicios del próximo año —¿inédito en la historia nacional?—, con multitud de precandidatos presidenciales de todos los matices, descomposición de los partidos políticos, ideologías entremezcladas y ausencia de liderazgos frente a la opinión pública, amén de concentración de la riqueza y desigualdades sociales exacerbadas, los egos de los políticos moldean las actitudes de sus comportamientos públicos. La egolatría puede apreciarse inicialmente con dos figuras que sirven para comprender mejor el presente.

Álvaro Uribe, que emergió como presidente de manera contundente al inicio del siglo, personifica un (neo)caudillo que surgió tardíamente en la historia nacional (a diferencia de otros países de la región), décadas después del 9 de abril de 1948, cuando se frustró el caudillismo de Gaitán. Con gran carisma, que personifica su ego desbocado, se hizo reelegir y mantuvo altos niveles de popularidad. Su última estrategia consistió en atacar el proceso de paz con las Farc y acusar de “traidor” a Juan Manuel Santos —escogido por él como su sucesor— por no seguirle la corriente. Además, creó un nuevo partido (Centro Democrático) con el que defendió su ego herido, gracias a una cauda fiel que polarizó el país.

La segunda escogencia presidencial (“el que dijo Uribe”) fue Iván Duque, afiebrado por viajar por todo el mundo —con su familia y muchos áulicos—, a costa del erario nacional. Su ego pronunciado lo orienta a fungir como parlanchín público e improvisar políticas sin haberlas meditado, para “solucionar” los delicados problemas que se le atraviesan al Ejecutivo. Su inexperiencia política y desconocimiento del país lo han llevado a errores garrafales, que ponen en evidencia su autoestima desmesurada. Las encuestas públicas lo corroboran.

El siguiente turno para “descubrir” egos corresponde a un limitado número de candidatos —Petro, Fajardo, Gaviria, Gutiérrez y Zuluaga— que hoy gozan de supuestas posibilidades de triunfo en las encuestas y así sobresalen entre decenas de otros con egos alborotados destinados hoy a publicitar sus personalidades.

En la próxima columna los descubriremos.

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