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29 May 2022 - 5:30 a. m.

Incertidumbre

En medio de violencias sin control e inseguridad en ciudades grandes; un gobierno nacional deslegitimado presidido por un mandatario con escasa credibilidad; un Congreso ineficiente por la ineptitud mayoritaria de sus miembros; unos organismos de control subordinados al Ejecutivo; un registrador incompetente; corruptelas en buena parte de las entidades públicas; un sistema tributario que alimenta las desigualdades sociales; y aumentos burocráticos y presupuestales con intereses amañados transcurrió una de las campañas electorales más prolongadas de la historia. Numerosas candidaturas que aparecían y desaparecían llevaron a un transcurrir electoral impredecible, en el que sin embargo se ha mantenido una candidatura de izquierda y el neo-caudillo Uribe —empapelado como lo merece— no ha podido impedir su descenso lento pero sostenido.

La polarización inicial provocada por Uribe en contra de la paz, y luego aupada por el actual gobierno, revivió el paramilitarismo al enfrentar la Fuerza Pública a las movilizaciones sociales y morigerar su necesaria confrontación con el Clan del Golfo. Tal polarización se trasladó a la campaña electoral, hundiendo poco a poco al centro político de una contienda entre coaliciones (que sustituyeron a los debilitados partidos). Los candidatos saltimbanquis inmiscuidos en tal centro —como la oportunista Ingrid Betancourt— en nada ayudaron a convencer a la ciudadanía (y más bien la confundieron), que es allí donde los programas tienen mayor contenido democrático equilibrado frente a los dos extremos.

Los cambios bruscos en las últimas encuestas de reconocidas entidades han provocado más incertidumbre, a pesar de los apoyos sostenidos del gobierno —ilegítimos— y de clanes regionales al candidato de derecha, un uribista disimulado debido a los problemas de su líder. El repunte del impredecible candidato santandereano Hernández —apoyado ahora por la aprovechada Betancourt— pone en duda quién pasará a la segunda vuelta, además de que estancó al egocéntrico Petro, todo a costa del candidato más ecuánime, el de la Coalición Centro Esperanza.

Estos cambios no alteran mi postura frente a la contienda electoral. La decisión de votar por Sergio Fajardo continúa y, si Petro se sostiene de primero frente a quien resulte segundo de los dos que compiten por tal lugar, mi sufragio será en blanco en la segunda vuelta.

Espero que el elegido sea respetado por las camarillas política y militar (esta última dejó intuir una amenaza para la democracia) del actual gobierno, pero ante todo que el nuevo presidente cambie su postura megalómana y sus propuestas populistas, medite la viabilidad y conveniencia de proyectos gubernamentales, y se rodee de un equipo idóneo con el que discuta —de manera flexible— sus decisiones políticas, para que este complicado país pueda avanzar en las soluciones a sus numerosos problemas estructurales.

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