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Comprender la migración: el desafío de un fenómeno histórico

Gabriela Alonso Jaramillo

20 de julio de 2026 - 12:02 a. m.

Pocas discusiones generan tanta polarización como la migración. En los últimos días, dos hechos ocurridos en Estados Unidos —la deportación de un activista colombiano y el asesinato de otro colombiano durante un procedimiento de las autoridades migratorias— reavivaron un debate que suele concentrarse en el control de las fronteras, la seguridad o la aplicación de las leyes.

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Mientras seguía esa discusión, recordé una visita que hice hace dos años al Red Star Line Museum, en Amberes, Bélgica. Ubicado en los antiguos muelles desde donde, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cerca de dos millones de europeos partieron hacia Norteamérica, el museo reconstruye las historias de quienes emprendieron ese viaje e invita a comprender la migración como un fenómeno histórico que ha acompañado a la humanidad durante siglos.

El recorrido reúne historias muy distintas: desde figuras como Albert Einstein, quien abandonó Europa tras el ascenso del nazismo, e Irving Berlin, un niño judío que emigró desde el Imperio ruso y terminó convirtiéndose en uno de los compositores más importantes del siglo XX, hasta familias que cruzaron el Atlántico buscando mejores oportunidades o personas que huyeron de conflictos y persecuciones. Estas historias permiten advertir que la migración difícilmente puede entenderse desde una sola causa o reducirse a un único perfil.

Esta forma de abordar la migración constituye uno de los principales límites del debate actual. Con frecuencia hablamos de “los migrantes” como si se tratara de un grupo homogéneo, cuando las razones para abandonar un país son profundamente distintas. No migra por las mismas razones quien huye de una guerra, quien busca mejores oportunidades o quien intenta reunirse con su familia. Reducir esas experiencias a una misma categoría simplifica un fenómeno históricamente complejo e invisibiliza las circunstancias que llevan a cada persona a migrar.

La exposición del Red Star Line permite comprender que la experiencia migratoria ha cambiado con el tiempo. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, los viajes transatlánticos estaban marcados por condiciones sanitarias precarias, enfermedades y largas travesías en las que muchas personas nunca llegaban a destino. Si bien las condiciones materiales han cambiado, permanece una dimensión esencial de la migración: dejar atrás una familia, una lengua, unas costumbres y una forma de vida para empezar de nuevo en un lugar desconocido.

Sin embargo, comprender la complejidad de la experiencia migratoria también exige reconocer el papel de los Estados en la regulación de sus fronteras. Una política migratoria clara permite ordenar los flujos migratorios, proteger la seguridad y ofrecer mejores condiciones tanto para quienes llegan como para las comunidades que los reciben. Del mismo modo, quienes deciden establecerse en otro país tienen el deber de respetar sus leyes y sus instituciones.

En Europa, la migración se ha convertido en uno de los temas más debatidos de la actualidad y en uno de los principales asuntos de la agenda política. Con frecuencia se le atribuyen problemas relacionados con la seguridad, el empleo o los servicios públicos, hasta el punto de convertirla en la explicación de buena parte de las dificultades que enfrentan algunas sociedades.

Sin embargo, esta discusión suele pasar por alto que muchas de las naciones contemporáneas también han sido moldeadas por sucesivas olas migratorias. La movilidad humana no constituye una anomalía de nuestro tiempo; por el contrario, ha sido una de las fuerzas que han contribuido al desarrollo económico, social y cultural de numerosos países.

La visita al Red Star Line Museum deja una reflexión fundamental para el debate actual: la migración seguirá siendo objeto de discusiones legítimas sobre seguridad, soberanía y políticas públicas. Sin embargo, esas discusiones requieren comprender un fenómeno que ha acompañado a la humanidad durante siglos.

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La historia demuestra que la movilidad humana no es una excepción, sino una realidad permanente de las sociedades. El desafío para los Estados consiste en desarrollar políticas capaces de responder a ella con instituciones fuertes y una mirada más completa sobre sus causas y consecuencias.

Por Gabriela Alonso Jaramillo

Estudiante de Gobierno y Asuntos Públicos y de Ciencia Política en la Universidad de los Andes. Máster en Comunicación Política del Centro Europeo de Postgrados. Creadora de contenido, reconocida por Cifras & Conceptos como líder nativa digital y ganadora del Youth Leadership Award de los Napolitan Victory Awards.
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