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El principal legado de Gustavo Petro

Gabriela Alonso Jaramillo

29 de junio de 2026 - 12:00 a. m.

El 19 de junio de 2022, Gustavo Petro fue elegido presidente de Colombia con más de once millones de votos, derrotando a Rodolfo Hernández y llevando, por primera vez, a su movimiento político a la Presidencia de la República.

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Su elección representó un momento histórico. Millones de colombianos depositaron en él la expectativa de un cambio profundo en la forma de gobernar el país. Después de décadas en la oposición, Gustavo Petro tenía la oportunidad de demostrar que podía ejercer el poder con la misma responsabilidad con la que había ejercido la oposición.

Cuatro años después, ya es posible hablar del principal legado político que le deja al país. No es una reforma específica ni una política pública. Es haber contribuido a profundizar una polarización que llevó a millones de colombianos a dejar de ver al adversario político como un contradictor legítimo para empezar a verlo como un enemigo.

Gobernar una democracia implica mucho más que ganar una elección. Los presidentes dejan de representar únicamente a sus electores el mismo día en que llegan al poder. Desde entonces gobiernan para todos.

Gustavo Petro nunca terminó de hacer esa transición. Tampoco asumió plenamente que había dejado de ser el líder de una coalición para convertirse en el presidente de todos los colombianos. Gobernó más como el líder de un sector político que como el presidente de todos.

Sería un error afirmar que Colombia comenzó a polarizarse con su llegada a la Presidencia. Las divisiones políticas venían de muchos años atrás. El plebiscito por el Acuerdo de Paz de 2016, con un país prácticamente dividido entre el Sí y el No, ya evidenciaba profundas fracturas políticas y sociales.

Sin embargo, los presidentes tienen la capacidad —y también el deber— de decidir si ejercen el poder reduciendo esas tensiones o profundizándolas. Durante su mandato, Gustavo Petro hizo de la confrontación una forma de ejercer la Presidencia. Mantuvo enfrentamientos permanentes con medios de comunicación, sectores políticos, altas cortes y otras instituciones del Estado. Quienes discrepaban de su proyecto dejaron de ser tratados como contradictores legítimos dentro de una democracia plural para convertirse en responsables del bloqueo, enemigos del cambio o representantes de intereses que debían ser derrotados.

La ciencia política denomina este fenómeno polarización afectiva. A diferencia de la polarización ideológica, que consiste en desacuerdos sobre políticas públicas, la polarización afectiva aparece cuando el rechazo deja de dirigirse a las ideas y comienza a dirigirse contra quienes las defienden. El adversario político deja de ser un contradictor para convertirse en una amenaza.

Las consecuencias de ese fenómeno también se reflejan en las urnas. Las elecciones no solo sirven para escoger un nuevo gobierno; también permiten a los ciudadanos evaluar la forma en que fue ejercido el poder. En ese sentido, los resultados del pasado 21 de junio constituyeron también un juicio sobre la manera en que Gustavo Petro ejerció la Presidencia. Una parte importante del electorado pareció no solo respaldar un proyecto político distinto, sino también expresar su rechazo a un estilo de liderazgo basado en la confrontación permanente.

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Ese resultado establece, además, una advertencia para el nuevo gobierno. Abelardo de la Espriella gobernará un país donde millones de ciudadanos desconfían profundamente de su proyecto político. Si responde a esa desconfianza reproduciendo la misma lógica de confrontación, Colombia seguirá profundizando una fractura que ya alcanzó niveles alarmantes.

La democracia necesita desacuerdos. Lo que no puede normalizar es que esos desacuerdos destruyan la posibilidad de convivir políticamente. El reto de un presidente no consiste únicamente en administrar la economía, garantizar la seguridad o impulsar reformas. También consiste en preservar la idea de que quienes piensan distinto siguen siendo ciudadanos igualmente legítimos.

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Quizá ese sea el principal legado político de Gustavo Petro. Un presidente no solo transforma las instituciones. También transforma la manera en que una sociedad entiende a quienes piensan diferente. Y pocas heridas tardan tanto en sanar como aquella que convierte al contradictor en enemigo.

Por Gabriela Alonso Jaramillo

Estudiante de Gobierno y Asuntos Públicos y de Ciencia Política en la Universidad de los Andes. Máster en Comunicación Política del Centro Europeo de Postgrados. Creadora de contenido, reconocida por Cifras & Conceptos como líder nativa digital y ganadora del Youth Leadership Award de los Napolitan Victory Awards.
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