¿Qué significa hoy defender la soberanía nacional y con qué símbolos se pretende hacerlo?
En los últimos días, durante la movilización “Jornada Nacional en Defensa de la Soberanía” convocada por el Gobierno, volvió a aparecer una imagen que se repite con demasiada ligereza: la bandera del M-19 ondeando en la Plaza de Bolívar. No como un recuerdo del pasado, sino como un símbolo asociado a una causa del Gobierno.
No tengo dificultad para reconocer que integrantes del M-19 participaron en la firma de la paz y en la construcción de la Constitución de 1991. Ese es un hecho histórico. También es cierto que, a diferencia de otros grupos armados, cumplieron el acuerdo y se incorporaron al sistema democrático.
Lo que sí resulta inaceptable es el intento de romantizar selectivamente esa historia, quedándose solo con el final y borrando lo que vino antes.
Una congresista del Pacto Histórico afirmó que la bandera del M-19 sirve para “reivindicar la democracia”. El planteamiento obliga a preguntarse qué episodios de su historia quedarían incluidos en esa reivindicación.
¿La toma de la Embajada de la República Dominicana y el secuestro de diplomáticos durante 61 días? ¿Los secuestros de Camila Michelsen y de Álvaro Gómez Hurtado, así como el secuestro y asesinato de José Raquel Mercado? ¿O la toma del Palacio de Justicia, donde murieron más de 97 personas, incluidos 11 magistrados de la Corte Suprema?
Incluso uno de sus propios comandantes, Rosemberg Pabón, ha reconocido que la toma del Palacio fue un error, con efectos irreversibles sobre la vida de civiles y sobre la institucionalidad del país. La Comisión de la Verdad, además, documentó la conexión del M-19 con el Cartel de Medellín en ese episodio.
Resulta problemático, entonces, que esa bandera se use para hablar de soberanía nacional. De ahí que sea inevitable la pregunta: ¿cómo hablar de soberanía sin pensar en las víctimas?
La soberanía es un pacto construido sobre reglas, instituciones y límites, cuya legitimidad depende también del reconocimiento de quienes han cargado con los costos de la violencia. Por eso se representa con la bandera de Colombia, la única que nos contiene a todos, incluso en el desacuerdo. La del M-19, en cambio, remite a un episodio específico de nuestra historia, atravesado por una violencia que sigue siendo dolorosa para muchos.
Romantizar un pasado armado es una forma de manipulación histórica. La democracia no se fortalece cuando se exige olvidar, sino cuando se es capaz de mirar la historia completa. Presentarla de manera selectiva es desconocer a las víctimas.
La memoria de las víctimas merece respeto. ¿Es justo ondearla hoy? ¿Es un gesto respetuoso con las víctimas, incluso décadas después? No todos sienten el mismo orgullo al verla.
Y esa diferencia importa, sobre todo cuando el gesto proviene del presidente de la República. Un presidente no gobierna para una causa ni para una memoria particular, sino para todos los colombianos.
Al ondear esa bandera no se honra la democracia ni la soberanía del Estado; se envía un mensaje irrespetuoso con las instituciones, con las víctimas y con una parte del país. No es una bandera que nos represente como sociedad plural, sino la de una historia de exclusión y violencia que Colombia no debería romantizar ni repetir.
A quienes dicen defender la soberanía nacional les hace falta coherencia. No es coherente imponer símbolos que dividen ni acomodar la historia según la conveniencia del momento.
Insistir en sacar la bandera del M-19 como si fuera un símbolo común y neutral, no lo es.
Cuesta creer que todavía sea necesario decirlo, pero las víctimas merecen respeto. Los símbolos que se usan desde el poder importan, porque dicen a quién se incluye y a quién se deja fuera.