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Los extremos no solo se enfrentan; a veces se parecen más de lo que dicen. Defienden cosas distintas, prometen países opuestos, pero en las formas —en cómo entienden el poder y cómo tratan a la ciudadanía— terminan actuando igual.
La carrera por la Presidencia de Colombia nos está dejando esa lección: hay extremos que, al final, se parecen. Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, dos de los candidatos más sonados en las encuestas, no están yendo a debates. No a uno, no a dos: a varios espacios en los que simplemente no aparecen.
Esta es una decisión que a muchos nos genera molestia. Es inaceptable, porque esto no es un tema de agenda ni de logística: es un tema de ego, de control. Es decidir que solo se habla cuando el escenario está bajo sus condiciones, cuando las reglas las ponen ellos, cuando las preguntas incómodas no aparecen. Es, en el fondo, evitar la contradicción.
Cepeda no va si el formato no le sirve. De la Espriella no va si no está su contendor. En ambos casos hay un mismo rasgo: un reflejo autoritario que condiciona el debate a sus propias reglas.
¿A qué le temen? ¿A que les hagan preguntas incómodas? ¿A que alguien los contradiga en tiempo real? ¿A que el discurso no les alcance sin libreto? Porque eso es lo que realmente está en juego en un debate: perder el control.
Desde la campaña de Cepeda dicen que él prefiere escenarios de propuestas y no de confrontación. Pero eso, en la práctica, es escoger dónde sí y dónde no responder. Del otro lado, De la Espriella condiciona su participación como si el debate fuera un pulso personal. Y hay algo más evidente: no es un político formado en lo público; no ha administrado ni ha legislado. Sabe que en un debate serio hay candidatos que sí tienen esa experiencia.
Distintos caminos, mismo resultado: no debatir. Ahí es donde los extremos se tocan: no en sus ideas, sino en un talante que evita la contradicción, que huye del contraste, que solo aparece cuando puede controlar la conversación.
Eso es una falta de respeto. Con los votantes, con los ciudadanos, con los demás candidatos. Porque quien aspira a gobernar un país debería estar dispuesto, como mínimo, a dar la cara, a responder preguntas incómodas y a sostener sus ideas frente a otros.
Sí, en Colombia no hay una ley que los obligue a ir a debates, pero hay cosas que no deberían depender de una obligación legal. Hay mínimos democráticos que deberían asumirse por convicción. Y este es uno de ellos.
Al final, esto no es solo sobre Cepeda o De la Espriella. Es sobre lo que estamos dispuestos a aceptar como ciudadanos. Porque, si normalizamos que los candidatos más opcionados no debatan, estamos renunciando a algo básico: elegir con información real, comparada y contrastada.
Y hay otra responsabilidad incómoda: la de sus propios seguidores. No les reclaman. No les exigen. Se conforman. Aplauden. Justifican. Y así la política se vuelve un comité de aplausos donde nadie responde.
Elegir presidente no es un acto de fe. Es un acto de responsabilidad. ¿Estamos dispuestos a votar por un candidato que no es capaz de sentarse a debatir sus ideas frente al país?
En democracia, el debate no es un favor que se le hace a los ciudadanos. Quien no está dispuesto a asumirlo, simplemente no debería estar aspirando a gobernar. O, peor aún, demuestra que no cree realmente en la democracia. Si así actúan frente a algo tan básico como ir a un debate, si son así de rígidos, de controladores, de cerrados en campaña, ¿cómo serán gobernando?
Gobernar no es para sus votantes. Es para todo un país. También para quienes piensan diferente. Si no pueden ni siquiera debatir con quienes los contradicen, ¿qué van a hacer cuando tengan que gobernarlos?
