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La crisis del liderazgo político

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Gabriela Alonso Jaramillo
03 de agosto de 2026 - 05:00 a. m.
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En Colombia, resulta cada vez más difícil distinguir entre quienes han construido reconocimiento político y quienes poseen las capacidades necesarias para liderar. La visibilidad, el respaldo de una audiencia o la capacidad de interpretar el descontento pueden convertir a alguien en una figura influyente, pero no demuestran que esté preparado para gobernar, construir equipos o representar un proyecto colectivo.

Esta dificultad quedó en evidencia durante la campaña presidencial. En septiembre de 2025, este diario registró 107 aspirantes a suceder a Gustavo Petro. De ellos, 71 buscaban hacerlo mediante movimientos respaldados por firmas. Era el mayor número registrado desde la Constitución de 1991 y obligaba a preguntarnos si Colombia estaba produciendo más liderazgos o si habíamos reducido las condiciones necesarias para dirigir el país.

Esa cifra también reflejaba la crisis de confianza en los partidos. Presentarse como independiente y crear un movimiento propio resultaba más conveniente para muchos aspirantes que recibir el aval de una organización, que había dejado de representar una ventaja y comenzaba a percibirse como una carga.

Sin embargo, las elecciones de 2026 revelaron que la relación de los colombianos con los partidos es más compleja. Mientras en la contienda presidencial predominaron las candidaturas respaldadas por firmas, en las elecciones legislativas partidos con identidades políticas más definidas, como el Pacto Histórico y el Centro Democrático, se ubicaron entre los de mejores resultados. Esto demuestra que el debilitamiento de los partidos no es uniforme, sino que depende del tipo de elección y de la identidad que cada uno haya logrado construir.

Esta diferencia permite comprender una de las causas de esta crisis. Los ciudadanos todavía respaldan a los partidos cuando encuentran en ellos una identidad reconocible, posiciones claras y un proyecto que trasciende a sus candidatos. La confianza se debilita cuando estas organizaciones aparecen vinculadas a hechos de corrupción, se convierten en instrumentos para entregar avales o dejan de representar las ideas que dicen defender. Un partido que se declara de gobierno frente a administraciones tan distintas como las de Gustavo Petro y Abelardo de la Espriella termina transmitiendo que sus decisiones responden menos a sus convicciones que a los beneficios que puede obtener del poder.

Tradicionalmente, los partidos cumplieron la función de formar dirigentes, organizar intereses sociales, seleccionar candidatos y construir proyectos colectivos. Su debilitamiento dejó un espacio ocupado por liderazgos personales y movimientos creados para unos comicios. Cuando quien los encabeza pierde, se retira o deja de ser popular, pocas veces queda una estructura capaz de continuar el proyecto.

Sin embargo, el debilitamiento de los partidos explica solo una parte de esta crisis. Muchas veces nos dejamos convencer por quienes expresan nuestra indignación, sin preguntarnos si también pueden proponer soluciones, construir acuerdos y gobernar.

Tener seguidores, reconocimiento o capacidad para movilizar a un sector sí constituye una forma de liderazgo. No obstante, ejercer un liderazgo político es mucho más complejo. Implica formar equipos, comprender las instituciones, asumir responsabilidades y construir un proyecto que pueda mantenerse más allá de la popularidad de quien lo encabeza.

Las elecciones presidenciales anticiparon buena parte de lo que veremos en las elecciones territoriales de 2027. Pronto aparecerán movimientos independientes, candidaturas por firmas y proyectos construidos alrededor de nombres propios. El origen de una candidatura no determina su calidad. Lo verdaderamente importante es el equipo, el proyecto y la capacidad para gobernar de quien la encabeza.

Antes de respaldar a una nueva figura, los ciudadanos debemos mirar más allá de su reconocimiento y preguntarnos si cuenta con un equipo preparado, un proyecto claro y la capacidad de construir algo que trascienda su propia aspiración. Colombia no carece de personas dispuestas a ocupar el poder. Tal vez lo que nos falta es aprender a diferenciar entre quienes han logrado representar el descontento de un sector y quienes, además, están preparados para convertir ese respaldo en un liderazgo responsable.

Gabriela Alonso Jaramillo

Por Gabriela Alonso Jaramillo

Estudiante de Gobierno y Asuntos Públicos y de Ciencia Política en la Universidad de los Andes. Máster en Comunicación Política del Centro Europeo de Postgrados. Creadora de contenido, reconocida por Cifras & Conceptos como líder nativa digital y ganadora del Youth Leadership Award de los Napolitan Victory Awards.
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