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Hace unos días, después de un debate de candidatos a la vicepresidencia en la Universidad de los Andes, varios jóvenes nos quedamos conversando sobre una pregunta que, en medio de esta campaña presidencial, aparece una y otra vez: si existen candidaturas moderadas, con experiencia y programas sólidos, ¿por qué siguen siendo menos atractivas frente a opciones más radicales?
La conversación surgió desde una frustración que hemos experimentado varios jóvenes. Porque, siendo honestos, hoy Claudia López es una de las candidatas con mayor preparación y experiencia ejecutiva para aspirar a la Presidencia de Colombia. Fue senadora y alcaldesa de Bogotá, y le correspondió gobernar la ciudad en uno de sus momentos más complejos: la pandemia de la COVID-19, una crisis que exigió tomar decisiones difíciles y liderar en medio de la incertidumbre.
En el caso de Sergio Fajardo, incluso fuera de su electorado hay un reconocimiento evidente: hoy tiene el programa de gobierno más sólido de la contienda. Su propuesta en seguridad, salud y lucha contra la corrupción es, probablemente, la más estructurada y completa.
Y ahí aparece la gran pregunta: si existen perfiles con experiencia y programas robustos, ¿por qué no logran convertirse en las opciones más fuertes?
Creo que la respuesta está en entender que la política no se mueve principalmente por ideas, sino por emociones. Y el voto, muchas veces, es la expresión más clara de lo que sentimos.
Nos gusta pensar que votamos racionalmente, comparando programas, trayectorias y propuestas. Pero la política nunca ha funcionado así del todo. No es posible separar completamente la emoción de la decisión política, porque nuestras convicciones nacen precisamente de lo que sentimos: de lo que nos duele, de lo que queremos cambiar, de lo que tememos perder y de lo que soñamos construir.
Nuestras decisiones, nuestras prioridades y nuestra idea de país están atravesadas por emociones. El voto es apenas una expresión de eso.
Hoy, buena parte del voto en Colombia está atravesado por emociones profundas: miedo, esperanza, rabia, frustración, cansancio o convicción. No todos los votantes sienten lo mismo ni votan por las mismas razones, pero sí hay algo en común: las emociones ocupan un lugar central en la decisión política.
Miedo frente a la inseguridad o a la posibilidad de perder lo que se tiene. Rabia y frustración frente a una clase política que ha decepcionado durante décadas. Esperanza y convicción frente a la posibilidad de cambio o de un proyecto de país distinto.
Los extremos entienden muy bien eso. Saben leer a la gente, interpretar ese malestar y convertirlo en discurso político. Saben qué decir, cómo decirlo y qué emociones activar para movilizar apoyo. Esa es, quizá, una de sus mayores fortalezas: conectar mejor con las preguntas emocionales de la ciudadanía.
El centro, en cambio, parece hablar otro idioma. Habla desde la sensatez, el equilibrio, la gradualidad y la técnica. Pero la sensatez rara vez genera euforia. La moderación difícilmente produce entusiasmo. Y, en tiempos de polarización, eso se convierte en una desventaja.
Las redes sociales han profundizado este problema. La política hoy se consume en videos de segundos, frases cortas y mensajes diseñados para captar atención inmediata. En ese ecosistema, el matiz pierde. La complejidad pierde. La moderación pierde.
Explicar toma tiempo; indignar toma segundos.
Este no es un problema exclusivo de Colombia. Es un fenómeno global: el centro político atraviesa una crisis porque la conversación pública premia la radicalidad y castiga los puntos medios.
Pero aquí también hay responsabilidad del propio centro. Tal vez durante años creyó que bastaba con tener buenos argumentos, buenas hojas de vida y buenos programas de gobierno. En política no basta con tener razón. También hay que lograr que la gente sienta por qué esa razón importa.
Quizás ahí está hoy su mayor desafío: convertir la convicción en algo políticamente contagioso. Porque, al final, no votamos únicamente por lo que pensamos. Votamos, sobre todo, por lo que sentimos.
