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La difícil tarea de perder

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Gabriela Alonso Jaramillo
22 de junio de 2026 - 05:02 a. m.
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Hoy Colombia ya conoce el nombre de su presidente electo. Para unos, el resultado será motivo de celebración; para otros, de preocupación o frustración. Esa coexistencia de celebración y decepción es inherente a la democracia. Ningún sector tiene asegurada la victoria y toda elección implica la posibilidad de que nuestras preferencias políticas no prevalezcan.

Durante los últimos meses, Colombia ha presenciado cómo distintos sectores políticos han cuestionado la legitimidad de los resultados electorales, han insinuado escenarios de fraude sin presentar pruebas concluyentes, o han sugerido que la derrota de su candidato equivaldría a una tragedia nacional. Estas señales ponen de manifiesto una de las mayores fragilidades de nuestra cultura democrática: la dificultad de aceptar que, en un régimen de competencia real por el poder, nuestros adversarios políticos también pueden ganar de manera legítima.

El politólogo polaco Adam Przeworski definió la democracia como una «incertidumbre institucionalizada». Con esta expresión se refería a una característica esencial de los regímenes democráticos: nadie tiene la victoria asegurada. El poder puede cambiar de manos y ninguna fuerza política puede asumir que gobernará de manera permanente.

La incertidumbre no es una falla del sistema democrático. Es la condición que hace posible la alternancia en el poder y la competencia política genuina. Allí donde el resultado está asegurado de antemano, la democracia deja de ser una competencia auténtica y el poder deja de estar abierto a la alternancia.

La verdadera prueba de convicción democrática no aparece cuando se gana una elección. El verdadero talante democrático se pone a prueba en la derrota. Es entonces cuando los ciudadanos y, especialmente, los líderes políticos demuestran si creen genuinamente en las instituciones o si solo están dispuestos a defenderlas cuando el resultado les favorece.

La responsabilidad democrática de un candidato no termina el día de las elecciones; comienza precisamente cuando se conocen los resultados. El carácter democrático de un líder se revela en la derrota: reconocer el veredicto de las urnas, felicitar al ganador, asumir el papel que le corresponde en la oposición y prepararse para volver a disputar el poder dentro de las reglas de la democracia.

La oposición, en ese sentido, constituye una de las garantías fundamentales de cualquier democracia. La curul de oposición y los mecanismos de control político garantizan que millones de ciudadanos que no votaron por el nuevo presidente conserven voz y representación institucional. La democracia no exige que todos estén de acuerdo con el resultado; exige que todos acepten que el desenlace pudo haber sido distinto y que, precisamente por eso, las reglas deben respetarse independientemente de quién resulte vencedor.

Toda derrota electoral debería dar lugar, en primer término, a un ejercicio de autocrítica. Las democracias se debilitan cuando sus actores políticos atribuyen cada revés electoral a conspiraciones, fraudes o manipulaciones sin evidencia sólida, en lugar de preguntarse por qué una parte mayoritaria del electorado optó por una alternativa distinta. Si cada elección que perdemos es, por definición, ilegítima, la democracia deja de ser un mecanismo pacífico para procesar desacuerdos y se convierte en una competencia en la que las reglas solo se aceptan cuando producen el resultado que deseamos.

Todas esas reacciones son legítimas. También lo son la oposición, el control político, la crítica al nuevo gobierno y la movilización pacífica. Lo que no puede tener cabida en una democracia es la pretensión de que las reglas del juego pierdan legitimidad simplemente porque la opción política que respaldamos resultó derrotada.

La incertidumbre es el precio inevitable de vivir en democracia. Aceptarla implica reconocer que nuestros adversarios políticos también pueden ganar legítimamente y que las reglas del juego deben respetarse incluso cuando el resultado no nos favorece. Quizá ahí radique la prueba más exigente de toda convicción democrática.

Gabriela Alonso Jaramillo

Por Gabriela Alonso Jaramillo

Estudiante de Gobierno y Asuntos Públicos y de Ciencia Política en la Universidad de los Andes. Máster en Comunicación Política del Centro Europeo de Postgrados. Creadora de contenido, reconocida por Cifras & Conceptos como líder nativa digital y ganadora del Youth Leadership Award de los Napolitan Victory Awards.
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eudoro echeverri quintana(79178)23 de junio de 2026 - 12:49 a. m.
Excelente análisis, todo está dicho, esa es justamente la democracia, tan esquiva para los políticos.
Pedro Juan Aristizábal Hoyos(86870)22 de junio de 2026 - 08:22 p. m.
Estamos acostumbrados a perder y a que asesinen a nuestros líderes. El único gobierno progresista de la historia en el poder fue derrotado por enemigos poderosos como Trump, Netanyahu y una cantidad de personas sin formación y temerosos de perder falsamente una propiedad. Hasta que se termine el escrutinio podemos afirmar que perdimos sin fraude. Aceptamos la derrota y con calma como dijo Cepeda
Noticioso(6975)22 de junio de 2026 - 06:28 p. m.
Cuáles "distintos sectores". Únicamente el petrismo volvió deporte cuestionar las elecciones... claro: cuando no ganan. Cuando quedan como mayoría en el Congreso, ahí sí no salen a cuestionar a la Registraduría.
SÓTERO(26571)22 de junio de 2026 - 03:50 p. m.
Habla como lo haría una monitora cuando el profesor no pudo ir a la clase y le toca dictarla.
Pelagato(41805)22 de junio de 2026 - 02:17 p. m.
En este caso, creo que es muy importante aceptar que los errores del gobierno Petro generaron la victoria de ADLE. Que hay gente que se sintió traicionada, excluída o perjudicada y por eso apoyó al otro bando.
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